jueves, noviembre 05, 2009

Deporte sí.

Por si acaso me queda algún lector todavía, me dispongo a profundizar en ese desagradable asunto que alguna vez he tocado superficialmente y que forma parte de mi vida desde hace poco más de un año. No es la esclerosis múltiple, ni las disfunciones eréctiles. Se trata del deporte.

Vaya por delante que para mí el deporte no es más que un arma eficaz para combatir esa bestia infame y perniciosa llamada obesidad. Ni placer, ni entretenimiento, ni hostias. El deporte es sufrimiento, vergüenza, pérdida de tiempo y castigo. Pero a veces no queda más remedio que llevar el coche al taller o llamar al doctor para que rocíe el burdel con penicilina.

El caso es que estaba gordo como una cebolla, así que me compré unas alpargatas de correr y me eché a las calles. Tras un año de corretear –coñazo comparable sólo con ir a misa– se me ocurre probar con la piscina.

Nadar ha resultado sorprendentemente entretenido. Cuando uno termina de hacer sus largos, no le importa hacerse otro par; al contrario que corriendo, que desde que sales de casa sólo piensas en el inalcanzable instante en que todo haya terminado. Llevo nadando poco más de un par de semanas y de momento no se aprecian en mi figura cambios considerables, lo cual a ustedes les importará un bledo pero a mí no. El motivo por el que pierdo el tiempo de semejante manera es librarme de estos brazos disfuncionales de ama de casa que me sirven para vestirme y poco más.

Pero dejemos de lado estas menudencias que a nadie interesan y vamos a lo importante: las duchas.

Estoy dispuesto a darles la brasa con un clásico de la adolescencia, una perogrullada que, precisamente por evidente, se echa de menos en el mundo del cine, la literatura y las tertulias. Las duchas y vestuarios como santuario, madriguera y, en general, lugares donde el homosexual es un privilegiado.

Desde los remotos tiempos en que me apuntaron a clases de judo, no había estado en un vestuario masculino, lo cual es, empero, lamentable, considerando lo que yo habría gozado en los años del acné, el bozo y la paja viéndome rodeado de hombres desconocidos merodeando en cueros con sus cositas colgando. Lo cierto es que casi todas las ocasiones en que me he encontrado en presencia de dos o más desconocidos desnudos han resultado considerablemente menos excitantes de lo que habrían supuesto en la adolescencia, que es cuando uno valora realmente el auténtico valor del desnudo ajeno y lo que suele prologar.

Ayer sin ir más lejos estaba yo en las duchas con la cabeza enjabonada cuando abrí un ojo y me vi rodeado de siete lozanos jovenzuelos, prietos como gavillas de trigo, que se duchaban en porretas mientras conversaban vivarachos y joviales. Volví a cerrar el ojo antes de que me entrase jabón y seguí disfrutando de mi ducha pensando satisfecho que no todo lo relacionado con el deporte ha de ser horrible, indigno y aburrido; que me encontraba en el centro de una hermosa escena y que si el deporte es el mcguffin necesario para que existan estos paisajes de carne, estas ensaladas de colas y grupas, que viva el deporte pues.

Cierto es que no todos los desnudos son bellos e incluso algunos pueden resultar desagradables fuera de su contexto. Pero el clima húmedo, cálido y acogedor del vestuario, bajo el cobijo que otorga la complicidad y –como diría el capitán Penderton– la unión sin escrúpulos de una comunidad de hombres viviendo sin intimidad, como un solo cuerpo, le dan a la escena cierta calidad ceremonial, un barniz como de museo, como de performance o belén viviente que lo mismo te deleita con unas nalgas de acero que con la decadencia colgante de un anciano o los miembros chaparros de un down nadador.

Ahora bien, si nos sacudimos el espíritu y nos ceñimos a lo prosaico, estudiando cada cuerpo por separado, la verdad es que le pueden dar morcilla a los ancianos, los downs y todos los feos y cuerpoescombros en general. ¡Que viva la turgencia y la abundancia!

La vocación exhibicionista de cada uno es un espectro que va desde el ser rancio que se ducha con bañador y se mete en el cubículo ratonera para que nadie le vea la cola; pasando por el señor discreto que trata de taparse razonablemente sin tomarse molestias excesivas; el mozuelo que encuentra cierto regusto en la ausencia de pudor y la celebración del desnudo cotidiano y natural con sus amiguetes; hasta el cuarentón depilado, definido y baboso que va por todo el vestuario lenta y majestuosamente ofreciendo su desnudo a quien lo quiera y a quien no sin dejar fichar cada rabo que encuentra a su camino. Creo que lo ideal es ubicarse en la parte central del recorrido y evitar los extremos. No es bueno pecar ni por soberbio, ni por humilde –que las carnes no se gastan y si alguien se regocija viéndote las cachas o comparando los pitos con su pan se lo coma–, ni por baboso. Aunque lo peor de todo es el ambiente familiar; si la presencia de niños resulta irritante, la de niños desnudos es intensamente desagradable.

Yo los primeros días me ponía nervioso de oler tanta carne por doquier y era incapaz de levantar la vista del suelo por si alguien se sentía violado o por si, los Dioses no lo quisieran, a ésta le daba por empalmarse. Y del regomeyo sentía cierto picorcillo, y bajo el chorro de agua me miraba de vez en cuando a ver si todo seguía en reposo. Imagínense que de repente un grito largo y agudo sobresalta a todos los presentes, y uno abre los ojos y ve a un niñito en pelotas horrorizado apuntando con el dedo a mi erección de granito. Entonces yo saldría corriendo, cegado por el jabón, en busca de un lugar en el que guarecerme, y en la huída derribaría al niño accidentalmente de un pollazo en la cara, y la turba enfurecida me perseguiría con intención linchadora hasta atraparme en los urinarios. Y yo me arrastraría asediado hasta un rincón, en chanclas, sin escapatoria; y detendría a la turba, helándole la sangre al gritar desesperado: ¡no soy un animal! ¡no soy un animaaaaaaaal!

Afortunadamente esos días pasaron y ya no temo a la excitación.Voy a lo mío sin cubrirme ni mostrarme excesivamente, me tomo mi tiempo y si veo algo bello lo miro con discreción mientras me pongo los calcetines. Si algún viejito se regocija contemplando mi cuerpo con ojos lúbricos me siento en paz conmigo mismo, como quien acaba de hacer su buena acción del día; y si es alguien de mi edad o más joven, tiendo a pensar que se trata de una falsa impresión o que le recuerdo a alguien.

Cuando salgo camino a casa, me siento estirado, respirado, limpio y en paz; y medito acerca de la cantidad de gente que no se pone calzoncillos al salir de la piscina, y sobre lo chabacano que queda en algunos casos mientras que en otros resulta tan puñeteramente sexy.

jueves, octubre 29, 2009

Los Soprano somos todos

Los Soprano es una maravilla. Me bastó ver los dos primeros episodios para correr a comprarme la serie completa, con sus siete temporadas guardaditas en una coqueta caja de zapatos. Los guiones son ejemplares, los actores no parecen tales y no sabe uno de dónde los sacan –la HBO debe tener una cantera de obesos –, el mejor estilismo e interiorismo de la historia de la televisión…

Los Soprano es la historia de un hombre con espíritu atrapado entre una piara de seres pobres y mezquinos de los que es responsable. La historia de cómo el fenómeno natural Tony Soprano, con su tonelada larga y su respiración de rinoceronte, se tambalea bajo el inmenso peso que carga sobre la espalda. Tres de las mejores series que he visto últimamente –Buffy, Arrested Development y Los Soprano –están construidas sobre esta fórmula.

Los Soprano es la cara doméstica de la mafia más chabacana. La que no responde a un perfil de industria profesionalizada, sino a la satisfacción y alivio de las miserias personales de una banda de desgraciados que se saben peores que cualquiera y han cruzado la frontera tras la que la vida no vale nada.

En Los Soprano se puede contemplar el paisaje grotesco en que se convierte cualquier escenario familiar sometido a presión, la familia como aberración natural, como fábrica de monstruos y tarados.

Yo me muero de risa y en menos de un segundo me atraganto con mis propias carcajadas y se me corta la respiración. Me enfurezco con la sola presencia de algunos personajes que me producen un asco inmenso a la vez deseo que aparezcan constantemente. Aplaudo de satisfacción cuando Carmela suelta su lengua y pone a alguien en su sitio con cuatro verdades. Y hasta me emociono profundamente cuando al final de un episodio comprendo en un solo instante cuál es el papel de Tony en cada asunto en que se ve envuelto y me encuentro metido en su pellejo.

No sé si estoy fascinado o es que mi pueblo y el de los Soprano tienen bastante en común, pero el caso es que cuando mi hermana me relató el otro día la última aventura de mi señor padre, parecía que me estaban contando mismamente un episodio de los Soprano. A ver cómo me las apaño para transmitir la estampa.

El Misto es un señor mayor, de 77 años, que nació y se crió trabajando en el campo. Aunque su familia descubrió poco después de quedarse viudo que se trataba de un hijo de la gran puta egoísta y caprichoso, el resto del mundo lo tiene por una bellísima persona que pone a tu disposición todo lo que tiene y te tiende la llave de su casa. Un hombre de trato agradable, buen humor, trabajador y de su casa al que no le gustan los bares, que siempre se pelea por pagar la cuenta, diestro y dispuesto para el bricolaje, albañilería, electricidad, fontanería, portes, reparaciones… al que nunca han puesto una multa… en fin, una especie de Atticus Finch cateto.

Al quedarse viudo dejó pasar un prudencial periodo de luto tras el cual se compró un 4x4 y se lió con su prima la Conchi, una mujer baja, gruesa, renegrida y ordinaria embutida en un pantalón chochero y con el pelo frito. La Conchi, que tenía unos 15 años menos que él, llevaba toda la vida merodeando, tratando a su primo como si fuese un Rock Hudson, hasta que las circunstancias le permitieron poner las cartas sobre la mesa. Él la llevaba a la playa de gorra y le hacía las chapuzas del hogar; ella, a cambio, se bajaba las bragas. En esta época él se aficiona al porno y no se puede abrir un cajón en la casa sin que aparezcan dvds como Enculadas o Pelirrojas ardientes. También encontramos en la mesita de noche un Kama Sutra de esos que venden en los puestos de los paseos marítimos con una dedicatoria de ella hacia él que contiene sabios consejos tales como “no yacerás con parientes”. Esta relación desencadena ciertos encontronazos familiares, algunos de ellos de una tensión alarmante y llega incluso a pasear por Génesis en el 4x4 con la Conchi fumando de copiloto, sin importarle el qué dirán.

Pero resulta que el Misto tiene una asistente rumana 30 años más joven que él y un buen día cae sobre ella como un ave rapaz. La rumana consiente y el Misto tarifa con la Conchi, que se vuelve loca, lo acosa, amenaza y denuncia por malos tratos. Pero su diabólico plan no prospera y el Misto se sale con la suya. Mantiene a la rumana durante tres años hasta que un buen día ella va a por tabaco y no se vuelve a saber. Desde entonces ha tenido varias asistentas más, pero parece que ninguna tan necesitada que haya cedido a sus proposiciones.

El Misto tiene un vecino algo más joven con el que mantiene cierta amistad. Se llama Federico y desde que se jubiló se pasa la vida en chándal de tactel, zapatillas deportivas, gafas de pasta y gorra de paisano dedicado en cuerpo y alma a su pasión mayor: ir al Carrefour a comprar productos ibéricos. Federico viene del Carrefour ilusionado y orgulloso, con un lomo embuchado en las manos y te lo enseña como el que se comprado un coche. Mia qué zarsishon. No ehtah güino ehto ni nah. ¡Buh!.

Junto a ellos tenemos a Sebastián el Capítulo, otro vecino jubilado también originario de Génesis, al que llaman así por su reducido tamaño. El Capítulo, por si fuera poco, no ve ni gota. Empezó a perder vista hace unos años y ahora lleva un reloj de esos que le das a un botón y te dicen la hora en voz alta. Si te subes con él al ascensor no te reconoce a no ser que abras la boca, circunstancia que aprovechan los niños del vecindario para divertirse y hacer escarnio.

Pues bien, los tres, y algún que otro jubilado ocasional, suelen montar una minipeña en la cochera comunitaria. Desafiando el colesterol, riéndose de los trombos, sacan un mesa y unas sillas plegables, un surtido de ibéricos, un vinillo, y se ponen como el kiko a la hora del aperitivo.

–Le tengo eshao er oho a una paletilla hermocícima que visto en er Alcampo –dice Federico mordiendo un palillo de dientes.

–Pero si tienes cuatro sin empezar ahí colgando en el trastero, hombre –dice el Misto.

–Claro. Imagínate que se le acaban en navidad que vale todo más caro –le dice el Capítulo a una columna.

–Aro. Ehta mihma tarde voy por ella –sentencia Federico.

–Corto más jamón, ¿no? –añade el Misto cambiando de tema.

–Son las... trece… horas... y… cuarenta y siete... minutos –concluye el reloj del Capítulo.

Federico tiene una hija con síndrome de Down y una mujer llamadas las dos Adelaida. De toda la vida, la niña –que tiene ya 40 años –y la madre se dedican a dar paseos por el barrio parándose a hablar con el primero que se encuentran. Las Adelaidas son temibles, porque como te topes con ellas la situación se puede prolongar indefinidamente.

–Damun beso guapo –dice Adelaida hija mientras se dirige a ti dispuesta a besarte a toda costa.

–No seas pesá, chocho –le dice Adelaida madre.

–Mah rehpeto, mamá. Mah-reh-pe-to.

Es imposible cruzarse con ellas sin que la hija te plante un par de besos. En cuanto a la madre, en palabras del Misto, es más vaga que la chaqueta de un guardia, y se pasa la vida dando paseos y utilizando a la niña para colarse en casa ajena y pasarse el día con el chocho en burra.

–Vaya tía guarra –decía el Misto –. Se pasa el día entero en la calle y no se puede entrar a su casa de la peste a rancio y a grasa que hay. No ha limpiado en condiciones en la vida.

Lo cierto es que lo que es tener, Federico ya sólo tiene una Adelaida, porque enviudó hace casi dos años; y el Misto, desde que fue abandonado por la asistenta rumana de la edad de sus hijas por la que él abandonó a su anterior amante y prima hermana, cuenta con más tiempo libre; con lo cual, las reuniones de la peña se alargan y multiplican y suelen contar con un miembro más: Adelaida hija. No he tenido ocasión de asistir en ninguna ocasión, pero bien lo sabe Dios que mataría por verlos sin ser visto.

Si el cromo no les parece suficientemente sopraniano por grotesco y costumbrista átense los machos que vamos al meollo.

Resulta que el Misto, que sólo dos veces en la vida nos llevó de vacaciones a un sitio que no fuera Génesis, que no pasa ni un día con sus hijos y sus nietas en la playa, se ha ido un mes de vacaciones a Huelva con Federico y Adelaida hija. ¡Un mes!

Empieza uno a fantasear y se forma un remolino escalofriante en el que se revuelcan el furor sexual senil del Misto, su colección de dvds porno, el olor a rancio de la casa de Federico, madre e hija cogidas del brazo por la playa besando a todos los bañistas, mamá mah reh-pe-to, las paletillas goteando grasa en el trastero, el mondadientes escarbando cachos de salchichón, una paletilla curada de cerdo vestida con un chándal de Tactel, la prima ex amante echándole crema en la espalda al Misto y Federico mientras la niña lee el Kama Sutra, los campamentos de verano de los Down… en fin, la apoteosis de la grasa y la morbidez.

No sé cómo habrá reaccionado Federico a su segunda soltería, pero con la influencia del Misto, está claro que por las noches deben sedar a la down, meterla en la cama e irse los dos por ahí a pillar. Parece que los estoy viendo, a los dos viejos truhanes pelando la pava en la cola de la discoteca para divors y viudos –colas dignas de observación, si no han tenido ustedes oportunidad –volviendo al alba derrotados por culpa de un desafortunado aliento a lomo embuchado o un exceso de ambición al seleccionar la presa.

Y no quiero, pero soy incapaz de dominar mi mente y alejarla de sucias ensoñaciones: que una vez en casa de nuevo, sin haber vendido una escoba, pase peregrinamente por sus mentes la sucia pero humana idea de que el amanecer se acerca, el efecto sedante debe estar aún vigente y los downs están todos esterilizados por los campamentos de verano.

Al día siguiente, los tres deben sacar la misma mesa y sillas que utilizan en la peña, y sumando una sombrilla, darán por inaugurado el ágape en primera línea de playa. Ellos con sus patas peladas, panzas tirantes y carnes colganderas amorrados a la bota y el embutido, coloraditos por el sol y el vino. Ella comiendo inocente, sumida en la calma chicha down que reina tras las arrugas de los ojos, la lengua y el pescuezo gordos, sin ser consciente del nuevo modelo de familia del que forma parte. Me cuentan además que la niña cuando se aburre coge el móvil y charla con su madre que en paz descanse.

Ni un grabado de Goya.

viernes, octubre 09, 2009

Sandro Amenábar. ¿Inocente o Cínico?

El magnífico cómic de Jordi Costa, “Mis problemas con Amenábar”, es un triunfo ejemplar en el justiciero arte de desenmascarar a un pasivo agresivo, a un botarate o un farsante que cuenta con el crédito de una masa de necios. Costa no está solo, por supuesto; somos muchos los que tenemos el hijoputómetro a punto de estallar desde hace ya varios estrenos y llevamos años denunciando la pantomima nacional que se ha organizado alrededor de este autor pusilánime; pero Costa ha conseguido explicarlo mejor y llegar más lejos. No sé si podré añadir algo más, pero me dispongo a hacer mi denuncia particular.

Allá por el año 96, fui una noche al cine con mi amigo Raúl T. que se hizo camello. Vimos una opera prima española llamada Tesis. Al salir coincidimos en que costaba trabajo recordar unas interpretaciones tan impresentables como las de los dos protagonistas masculinos. También estábamos de acuerdo en que la película era un coñazo con un guión prefabricado lleno de fórmulas recicladas y bultos con diálogo en lugar de personajes. Meses después Tesis ganó siete Goyas.

Hasta ahí no había nada nuevo. La misma historia de siempre: la gente del cine español decide tácitamente ensalzar a una nueva figura con el único objetivo de negarle el pan y la sal a su bestia negra, Pedro Almodóvar. Un clásico; son muchas las películas y directores que deben su pequeño momento de gloria al odio hacia Almodóvar. Yo pensé que sería un caso más y que Sandro Amenábar, el director del engendro, acabaría en el cementerio de nuevos talentos del cine español junto a todos los demás.

Pero el público, en gran parte también deseoso de castigar a Almodóvar, decide unirse al linchamiento y creerse el numerito del nuevo Joselito. Cuerpoescombro, feo, tímido, discretito y con aspecto de no haber catado en su vida el sexo ni el alcohol. Sí, pero tiene un talentazo que quita er sentío. Y además es muy buen chico. ¡Si sólo le falta toser y manchar el pañuelo de sangre! No se hable más, una nueva estrella acaba de hacer acto de aparición. Apréndanse este nombre de memoria: Sandro Amenábar.

Pasa el tiempo y el director anuncia su próximo proyecto, Abre los ojos (pronúnciese susurrando). Un año antes del estreno no se habla de otra cosa y todo el mundo se hace yesca por verla. Cuando la vi, esta vez sin Raúl T. que se hizo camello, me pareció que Amenábar (porque ya es inevitable referirse a él por su apellido) no había mejorado nada nadita como guionista ni como director de actores ni daba una con el casting. Más de lo mismo, en definitiva. Pero el país entero decidió –digo bien, no es una licencia literaria, decidió –que le había fascinado la película y que aquello era una obra maestra inabarcable repletita de dobleces y triples sentidos, arte, sabiduría y que contenía los elementos para desentrañar el alma humana y el sentido de la vida. La verdad a todas luces es que se trata de una peliculita de género, balbuceante, con bastantes errores y asequible a cualquier cretino.

De oca en oca y tiro porque me toca. Hace una peli en inglés con la gran estrella de Hollywood para que lo vayan conociendo. Como la jugada le sale bien, llega el momento de salir del armario –escalofriante momento en el que Costa nos llama la atención sobre la posibilidad de que la coincidencia de este anuncio con el estreno de su peli a favor de la eutanasia y la llegada al poder del PSOE tal vez no sea tal–, hacerse la estética y recoger premios internacionales como si en lugar de un directorcillo de género fuese un artista. Viendo las películas en cuestión llego a la conclusión de que las historias que cuenta le traen sin cuidado. Uno sale de ver Más adentro sin tener ni puta idea de por qué se quería morir ese señor y eso nos lleva a pensar que tal vez la historia fue convenientemente escogida para epatar en un sentido muy determinado a un determinado tipo de público. Vamos, que decide hacer una peli sobre un asunto que le trae absolutamente sin cuidado para dar el salto al cine serio y que le den premios y lo vayan considerarlo un maestro universal capaz de clavar cualquier género. Lo cierto es que la peli ni va de la eutanasia ni va de nada. Se trata de una serie de gags y episodios en los que un señor paralítico amarga la vida a todo el que se le acerca utilizando su condición de lisiado para obligarlos suavemente a bailarle el agua. Y casi es preferible esta opción, porque el hecho de que realmente alguien piense que Ramón Sampedro fuese algo más que un imbécil amargado e irritante sin nada que decir que hace bromas sobre su propia desgracia nos hace pensar que la estupidez humana no conoce límites.

Elocuentes y esclarecedores episodios tienen lugar en este periodo que desnudan al personaje ante cualquiera que tenga una mínima habilidad para leer entre líneas. Mis favoritos son tres:

A- La expresión de vergüenza y pereza en su rostro al recoger los 14 Goyas de Más adentro.

B- El aparente desdén con el que trata a su acompañante a la misma ceremonia de los Goya en directo en TVE. Un joven aparentemente homosexual que celebra pizpireta cada Amenábar que se pronuncia desde el atril sin conseguir que Sandri lo mire a la cara ni una sola vez.

C- La expresión de gozo infinito con que recoge el Oscar. Nunca había visto a nadie tan feliz.

Estas y otras observaciones semejantes son las que me inducen a extrapolar el retrato del personaje que expongo a continuación.

Sandrito no es más que otra manifestación de la venganza del niño inadaptado. Un chaval feo, aburrido, tonto y mariquita que crece solo o en compañía de otros como él mirando la vida desde la barrera. Mientras tanto, los niños normales se ríen de él y lo rechazan, despertando en su enclenque espíritu una frustración y ansias de venganza tales, que serán el motor de su vida. Esa mezquindad y no otra cosa es la que lo empuja a hacer películas que no son más que un mcguffin, un conducto por el que cobrar venganza sobre el mundo. Quién le iba a decir a este infeliz que acabaría llevando un séquito de esclavos dispuestos a obedecerle sin reservas y que podría mirar por encima del hombro a quienes siempre se figuró sus enemigos. Que se acabaría saliendo con la suya, en definitiva.

Todo esto no es más que una especulación inestable que probablemente poco tenga que ver con la realidad, pero… ¿no tiene sentido? A mí me gusta creer que así es.


“Ese manto de Hipatia, que al final se convierte en un burka tiene mucho significado”

“Te parecerá una tontería, pero después de aquel viaje a Ibiza y del descubrimiento de la Vía Láctea me resultaba muy reconfortante irme a la cama todas las noches pensando que estaba rodeado de vida".

“Me se están acabando los géneros”

“Mi película es lo más parecido a viajar en el tiempo. Si quieres visitar Egipto hace 1600 años tendrás que ir a verla”

“Esta película va contra los que utilizan la violencia en lugar de la razón”


A veces flaqueo y siento que Sandri no tiene la culpa. Él no es más que una víctima de la mala sombra que tuvo la naturaleza a la hora de tunearlo y de la manera en que el público y sus compañeros lo utilizan. En esas ocasiones me pregunto si no será consciente del ridículo espantoso que hace en las promociones de sus películas, en las que dice sin parar gilipolleces épicas, dignas del solterón suscrito a la revista Quo que todos tenemos que aguantar en la oficina.

Pero otras veces pienso que nadie puede ser tan tonto. Que es todo mentira. Que se trata de un personaje que has creado en tu afán por conquistar la simpatía y el favor del mundo. Entonces me sube el odio por la garganta y las sienes como el fuego, y me parece ver en el fondo de tu mirada corita que la venganza no te sirve de nada. Que tú, Sandro Amenábar, sabes perfectamente que eres el apóstol de la estulticia y lo prosaico. Que tarde o temprano llegará el día en que la gente te vea tal y como eres y sólo admitan tus películas en el festival de cine de Málaga. Y entonces estallo en un ladrido de broncas carcajadas, como Drácula o Concha Piquer.

El estreno de su nueva película huele a batacazo moderado. Todo el que la ha visto coincide en que se trata de un coñazo, de nuevo sin un sólo gramo de entusiasmo ni autenticidad. He de reconocer que me alegro y que deseo que estemos ante el mayor fracaso del cine español. Pero… ¿y si todo estuviera calculado? Sí, qué pasaría si el pacto con el diablo que parece tener este personaje sigue funcionando y el fracaso en taquilla forma parte de una estratagema de Sandro para moldear su nueva imagen como genio incomprendido, para fabricarse un disfraz de artista elevado y controvertido cuya obra ya no es un producto para las masas. No sé si podría soportarlo. Por lo que más quieran, vayan a ver Agora.


miércoles, septiembre 23, 2009

Breves

-Alejandro Amenábar dice «Ese manto de Hipatia, que al final se transforma en un burka, tiene mucho significado». Anjalico...

-La organización de Gran Hermano vuelve a hacer trampa. Después de manipular abiertamente las nominaciones para evitar la expulsión de Pepe (GH7), de la pantomima de la banderita de Japón para expulsar a uno de los naranjas (GH8) y volver a meter en la casa a un expulsado (GH 9 y 10), ahora se cagan en la regla cimiento del juego mostrando a los concursantes lo que uno de sus compañeros contaba en el confesionario. Desde luego, es para hablar con un abogado.

-Un anuncio de Visa muestra una escena en la que diversos grupos de músicos callejeros improvisan Life on Mars en la Plaza de Oriente. La realidad es bien distinta: ya mendigan por Madrid las primeras tunas sudamericanas.

miércoles, septiembre 09, 2009

Examen de conciencia

Ver a la pobre Buffy en momentos tan bajos me afecta muchísimo. No importa que las desgracias se ceben con ella sin tregua desde hace cinco temporadas y media; no me acostumbro; llevo fatal verla sufrir. Estoy profundamente sorprendido por la capacidad que tiene esta serie para que yo empatice con el drama de la Cazavampiros. Nunca había sentido esta necesidad de llevarme un personaje a casa, meterlo en la cama y ocuparme de solucionar todos sus problemas sin haber intereses sexuales de por medio. Uno de los mejores regalos que te pueden hacer es aparecer cuando tienes un problema, escucharte, meterte en la cama y resolverlo por ti mientras duermes. Y una de las cosas más agotadoras que existen es que la gente espere de ti que lo arregles todo. Así no me extraña que la pobre Buffy esté hasta la brinca del coño y se haya convertido en un zombie indolente.

Entre eso, el fin de las vacaciones, y una serie de incertidumbres y noticias ásperas llevo unos días que ni siento ni padezco. El día no me da de sí y –pensé que nunca diría esto –estoy de la jornada continua hasta los huevecillos.

Con tanta melancolía me da por hacer examen de conciencia. Creo que lo heredo de mi padre, en su familia parece inevitable que el esplín nos traiga a la memoria los errores cometidos y nos pasemos las horas mano sobre mano haciendo examen de conciencia.

Lo normal es que, sin invertir mucho tiempo o esfuerzo, alcance la conclusión de que soy fascista, bocazas y caprichoso. Ninguna de las tres condiciones me parecen mal del todo; las dos primeras porque no tengo poder para obligar a nadie a que me escuche u obedezca y la tercera porque la consecuencia a terceros más importante que puede tener el hecho de que yo haga de mi capa un sayo es que alguna niñita asiática monte un ipod para mí a cambio de una infancia atroz o que un pollo lleve una vida terrible sin salir de su jaula hasta el día en que lo liquiden para que yo me lo meta entre pecho y espalda.

Sinceramente, nada de esto me quita el sueño ni el hambre, y el que diga lo contrario de sí mismo miente como un drogadicto. No me parecen mal, quiero decir, porque no bastan para hacer de mí una mala persona. Tal vez si las combinamos con una situación de poder sobre otros, pongamos, ser padre o jefe, sí que podrían tener como consecuencia la infelicidad relativa de terceros. Como mucho puedo amargarle la vida a Muslitos durante el tiempo que tardase en darme boleto, pero como dijo Spike, el amor duele, así que tampoco serviría para incluirme en una lista de villanos y malvados.

Aunque mi capacidad para hacer el Mal esté bastante limitada, se trata de tres defectos que me gustaría corregir. Más concretamente, me gustaría dominarlos. Creo que esto significa, que no quiero dejar de ser un cínico prejuicioso, siempre que goce de cierta diplomacia, reprima la intensa necesidad de decirle a los demás cuándo se equivocan y cuándo tienen razón, sea capaz de dominar mi lengua y pisotee gustoso un prejuicio cuando se demuestre lo contrario.

Jamás lo conseguiré, y tampoco puede decirse que sea empresa a la que dedique grandes trabajos, pero algo de provecho se consigue con estas revistas que acaban repercutiendo en mi capacidad de admiración. Cada vez admiro más a los discretos, a los que, teniendo algo que decir, tienden a pensar que sólo le interesa a los que preguntan en lugar de ir por ahí avasallando con sus opiniones y juicios; a los pacientes, que aprendieron pronto que el tiempo lo asienta todo y que las cosas van en fila y aunque uno las vea venir no hay que atenderlas hasta que les llega su turno. De mayor quiero ser como esos que no van de nada, absolutos inconscientes del reflejo que proyectan en los demás, lo cual me parece síntoma de una segura y espléndida paz interior.

lunes, agosto 31, 2009

W está en la aldea


Pasé unas folclóricas vacaciones en Pontevedra y alrededores, donde gocé de la comida, la compañía y los placeres propios de un maharajá. No es que esto sucediese en tiempos remotos, fue hace pocos días; la ausencia de formas verbales compuestas es consecuencia de mi estancia en Galicia.
Galicia tiene celebridades autóctonas, que son más famosas en Galicia que el mismísimo Michael Jackson, pero de las que nadie ha escuchado hablar jamás en el resto del planeta.
Existe, por ejemplo, un tal Ana Kiro, que es una señora con el pelo pintado de color boniato cocido, que viste abrigos de visón y enarbola un tupé extrafino que parece moldeado con la sandwichera. Ana Kiro es un ser del que todos los días escucha uno hablar en Galicia. Si pones la radio o la tele alguien la menciona o le hace un homenaje; si abres la guantera, Ana Kiro con un collar de perlas te mira de repente desde la caja de una cinta de gasolinera; si entras en facebook, alguien habrá colgado un video en el que Ana Kiro recoge un ramo de flores llorando a moco tendido. Ana Kiro cunde como la mierda.

Y no es la única. La gente gallega habla sin parar de personajes que salen por la tele y que no nos suenan de nada. Yo he visto la tele en Andalucía durante 15 años y si nombrase a cualquiera de los personajes que recuerdo haber visto en ella sólo pueden pasar dos cosas: a) que lo conozcan en toda España y b) que no lo conozca Dios. Vamos, que en Canal Sur los programas no los presenta Rocío de la Macarena Romero, sino la novia de Casillas, Marifé de Triana, María del Monte, Chusa Vázquez o el panoli de las cejas como ZP que presentaba “Aquí se balbucea” y cuyo nombre no supo nadie jamás.
El concepto “Galicia” lo impregna todo. Cada zamburiña, cada niñito de 3 años, cada piedra del río, cada pétalo de hortensia y diría que hasta cada átomo que los componen se saben gallegos y es una idea que está constantemente en primer plano. Como si un cartel luminoso intermitente lo recordase en una esquinita de cada escena a lo logo de telecinco. Pero no de una manera artificial, rabiosa y estéril, como sucede por ejemplo en Cataluña debido al complejo de segundón que subyace, sino de forma natural, latente y constante.
El concepto “Andalucía” es todo lo contrario, algo completamente volátil que hay que estar fomentando de manera impostada para que no se esfume. No existe en la vida real más allá de ese parque temático que es la Giralda, Isaac, la feria, la Raya y los anuncios de turismo de la Junta aunque su absurdo folclore nacido de la nada se extiende por el planeta y por supuesto deja residuo en Galicia.
Hasta allí hubimos de viajar para descubrir que Cantamé (no Cántame), el fulgurante hit de esa voz viril y aciertopelada que es María del Monte tiene una secuela que intentó en vano cosechar pingües beneficios al rebufo del superexitazo que hizo famosa a la tonadillera sin pescuezo amante de los bocatas de mortadela.
Recuerden que en la primera parte María le recordaba a un amante –al que en todo momento se refiere usando el género masculino –todo el proceso de seducción llevado a cabo entre ambos en la romería hasta culminar la catarsis cuando por fin divisan juntos a la Blanca Paloma entre la turba de bárbaros. Estoy convencido de que todos se la saben, pero les voy a refrescar la memoria por el puro placer de canturrearla.

Cantamé,
Me dijiste cantamé.
Cantamé por el camino.
Y agarrá a tu sintura te canté
A la sombra de los pinos.

Pues bien, la secuela dice así, y se queda tan ancha:

Cantamé,
No sé si recordarás
La palabra cantamé,
Pero te quiero cantar,
Repítemela otra vez.

No tuvimos más remedio que escucharlas unas 30 veces cada una, lo cual nos reveló partes de la historia hasta entonces ocultas. Son tan evidentes que resulta imperdonable no haberse dado cuenta antes, pero ¿quién iba a pensar que el autor de semejante composición conocería la existencia de la elipsis, estando en disposición de hacer un uso ágil de la misma en un pícaro derroche de sugestión y elegancia? Supongo que todo el mundo se habría dado cuenta en su día, pero yo quedé estupefacto al descubrir que, entre la tercera y la cuarta estrofa, María y su amante habían echado un polvaco a la intemperie. Ese, y no la mera contemplación de la Virgen del Rocido, era el auténtico motivo de que los dos estuvieran chorreandito en el momento de la apoteosis.
Me despertahteh temprano,
Aún quedaban estrellas.
Los dos rompimos llorando,
Cuando saltaron la reha.
Es mi Virgen del Rocío
La que a la puerta se asoma.
¡Viva la Madre de Dios!
¡Viva esa Blanca Paloma!

Por si estuviera poco claro, la secuela confirma el ayuntamiento clandestino bajo las estrellas en la víspera del acontecimiento religioso:

Ha pasado mucho tiempo
Y ahora se puede contar,
Porque ya no es un secreto
Que tengamos que guardar.
Si es verdad que tú me quieres
De nada sirve esperar.
Y que se entere la gente
Pa que lo puedan cantar.

Más claro, agua. Desde entonces no puedo ver a los romeros sin pensar que vienen sacudiéndose el polvo de fornicar entre el rastrojo. Y con permiso de Ana Kiro y la canción con gaiteros de Pimpinela, la banda sonora de Galicia será para siempre María del Monte recién follada.



Galicia es un lugar próspero donde el mar está vivo. En las rocas hay mejillones, los cangrejos te persiguen cuando nadas, la playa está llena de gusanitos de arena que delatan una extensa población animal subterránea, las pulgas de arena son del tamaño de reznos y hay carteles que advierten que está prohibido mariscar. El Mediterráneo es un mar estéril en el que no hay nada vivo excepto bañistas, en los cuales también observo ciertas diferencias. El bañista gallego está, quién lo iba a decir, bronceadísimo. Además, tiene la extraña costumbre de no usar bañador, sino pantalones a media pantorilla sobre gayumbos asomando de esos con la marca escrita en la gomilla. Se trata de una de las conductas más imbéciles que yo haya observado jamás esta de bañarse vestidos, y no estoy seguro, pero me temo que se trate de una costumbre recientemente extendida por las playas pobres de todo el país. En fin, al menos tienen la delicadeza de quitarse los zapatos.
Mas sin duda, el fenómeno autóctono por excelencia de las playas gallegas es el corro. Los bañistas, en corros de entre 3 a 6, se sitúan de pie con el agua a media pantorrilla, a platicar de brazos cruzados durante horas y horas. A priori parece estar relacionado con la temperatura del agua, aunque tal vez se trate de algo mucho más esencial relacionado con ese ente superior y primigenio que impregna todas las cosas llamado Galicia.
Aunque en Galicia me reconcilié con la playa, además estuve en la aldea. Medio rural encantador que también está vivito y coleando. Génesis es un secano donde no se crían ni ratas, mientras que en la aldea gallega te topas en un rato con perros, vacas, caballos, arañas enormes, babosas del tamaño de un plátano de canarias y basta pegarle un bocado a una zarza para llenarse la boca de moras. Todo ello trotando salvaje por el prado como en una estampa de los testigos de Jehová, sin necesidad de la intervención de Agricultura y Ganadería, diabólicas y crueles Gorgonas que azotan a la especie humana y que jamás debieron existir.
A mí el campo me ha repugnado toda la vida. Desde niño me vi obligado a vivir en el pueblo todos los fines de semana y vacaciones, lo cual era fatal para un niño como yo. Además, eso implicaba madrugar y trabajar. Cada vez que escucho a algún urbanita elogiar el turismo rural me dan ganas de ponerlo a coger aceituna durante tres años, a ver si así se enteran de qué significa rural. A todos esos los mandaba yo a una casa vieja sin calefacción y sin una sola ventana que cierre a ver si les quedaban ganas de ir a poner sus asquerosas zarpas sobre la vida de los demás. Pues bien, parece que todo lo malo se olvida y yo mismo me estoy convirtiendo en uno de estos repulsivos individuos. De buena gana me iba seis meses a vivir a la aldea, oyendo mugir a las vacas de la vecina y tomando leche recién ordeñada.
Por cierto, que las alpargatas Victoria han llegado a la aldea.
Lo mejor de la aldea es bañarse en el río. Es un agüita que da gusto de fresquita y cristalina y sale uno ya como duchado y revitalizado. El baño en el río me trajo a la memoria esas películas en las que los chavales van a bañarse al río y da muchísima envidia pensar que hay lugares en el mundo donde uno puede crecer junto a un río en el que bañarse en pelotas con los amiguitos.
Ciertamente, esta llamada de la naturaleza que siento en mi treintena resulta bastante inquietante. Ya no me conozco a mí mismo ni pongo la mano en el fuego por nada.
Como guinda a tan magníficas aventuras en las que el ente Galicia me fue dado a conocer, tuve la oportunidad de ver cantar a Raphael sin soltar un euro. Rapha ya no es lo que era el pobrecito. Ha tenido que aprender a cantar con su nueva voz, pero sigue sin haber manera de imitar su sonrisa sin que te dé un tirón en el cuello y aún es capaz de ofrecer un espectáculo de dos horas y media que no se lo salta un gitano. En sus canciones Raphael fantasea siempre con amores clandestinos que se desarrollan en lo oscuro en lucha constante con un mundo malvado, prosaico y envidioso que no es capaz de entender tanta belleza y se empecina de constante en acabar con su felicidad. No es menester estudiar psicología para imaginarse por dónde van los tiros, pero sería bastante interesante hacer un estudio comparativo entre Rapha y Guardiola. Desde luego hay que ser rarito para irrumpir de esa guisa en el vestuario de un equipo de fútbol y ponerles una canción de Coldplay con la excusa de estimular a los jugadores. Guardiola querido, no cuela; a un futbolista lo estimula la cocaína y la silicona, no el pop marica. Lo sabes perfectamente. Parecía mentira que se pudiese pasar de hablar de Raphael a hablar de fútbol, ¿verdad?


Estas suculentas vacaciones fueron fruto de la generosidad de Ra a la que quiero agradecer y espero tener oportunidad alguna vez de devolver tanto folclore, diversión, cultura, sabiduría, saber estar garra y belleza.

jueves, julio 09, 2009

Iluminada (1927 - 2009)


Iluminada sacó las hechuras de su madre, aunque creció mucho más generosa en carnes, como si al mismo esqueleto le hubiesen añadido unas cuantas arrobas más de piel y manteca. Cuando joven no era gorda, pero sí robusta y colorada. Toda una Aldonza Lorenzo serrana capaz de criar una camada de cafres.

Debieron de conocerle el carácter nada más verla asomar entre las piernas de su madre, porque no pudieron estar más acertados con el nombre. Iluminada no podía escuchar una exposición o presenciar una conducta sin decir lo que pensaba al respecto y corregirla diligentemente. No era muy lista ni muy lúcida, lo cual hacía que lo encontrase todo tremendamente sencillo, así que estaba convencida de tener siempre razón y encontraba extrañísimo que tras exponer su parecer no estuviera todo el mundo convencido. Ello le otorgaba una vehemencia sólida y serena, como de la elefanta más anciana de la manada. Elaboraba su razonamiento paso a paso y los exponía ordenadamente respetando las leyes de la lógica y la coherencia hasta que en uno de los saltos, como si un chispazo hubiese cortocircuitado el hilo argumental, asentaba un axioma con el que hacía trizas el sentido común y, sin cambiar el tono ni balbucear lo más mínimo, continuaba su teoría torcida hasta concluirla satisfecha.

De alguna manera, todo el mundo parecía comprender que sacarla de su error e indicarle qué eslabón de la cadena era el defectuoso resultaba completamente inútil, por lo que la familia y el pueblo entero acabó aprendiendo como el perro de Pavlov que lo mejor era darle la razón como a los locos.

Con el tiempo, devino en costumbre que conforme Iluminada paseaba por el pueblo, se topase con alguien o directamente entrase en su casa para indicar al vecino correspondiente cómo proceder con su sembrado de habas, cerrar un trato de lindes o la conveniencia de censurar cierto comportamiento de sus hijas en público. Tras darle la razón y aguantarla un buen rato, el paciente paisano conseguía librarse de ella, que se iba tan ancha a disponer a otro lugar.

A veces sucedía que alguien la mandase a la mierda, pero ella no se alteraba ni se daba por ofendida en absoluto. Al contrario, perseveraba en su postura y volvía a desplegar su elaborado razonamiento. Por lo que al fin, lo más práctico era decirle a todo que sí, y eso lo sabían en Génesis hasta las cabras.


Así pasó de mozuela a casadera y... ya pensaban ustedes que no hallaría quien la aguantase, ¿verdad? Pues halló.

Se casó con Manuel, un mozo bruto, antipático y engreído con vocación de cacique, aficionado como ella a organizarlo todo aunque bastante menos condescendiente. Una mole inmensa con la cabeza como una sandía que parecía creer que ser más grande que los demás lo situaba por encima también intelectual y moralmente. Una alhaja.

Tardaron poco en constituir un equipo temible que vaciaba las calles y atrancaba puertas a su paso. Pronto tuvieron al pueblo entero como enemigo, paseaban entre sus vecinos cogidos del brazo como dos buitres leonados merodean en busca de una víctima en la que cebarse. Empezaron a fraguarse auténticas enemistades con el ejercicio diario de su natural condición o gracias a acciones extraordinarias como el traicionero secuestro de una de esas imágenes marianas itinerantes que en los pueblos se pasan de casa en casa y que retuvieron para siempre en la suya alegando que había sido sufragada cincuenta años atrás por la madre del padre de Iluminada.

Estos dos carismáticos personajes fueron, años más tarde, mis padrinos.


Sin mucha dilación, se pusieron a procrear, engendrando, en este orden, a Nicolasita, Manuel, Toñi y Lumi. Nico la pobre era fea como un pie sin uñas y dio muestras tempranas de cierta torpeza extraordinaria, aunque, eso sí, resultó ser bastante agradable y cariñosa. A Toñi la recuerdo seria como su padre pero con la destreza oratoria de su madre y una deformidad congénita en la mano derecha, en la que sólo tenía el dedo pulgar y encima sin terminar; de pequeño me gustaba verla manipularlo todo con su mano mala y recuerdo la falta absoluta de complejos con la que se trataba el asunto. De Lumi no consigo recordar el rostro ni otra cosa que no sea la historia que contaba mi madre según la cual, entre la abuela Antonia e Iluminada, consiguieron montarle tal sindiós en la cabeza que la pobre acabó por meterse a monja. Por suerte o por desgracia, en el convento la hacían levantarse a las 5 de la madrugada para rezar y, acto seguido, currar en el huerto, por lo que Lumi dijo que tururú y a los tres meses se plantó de nuevo en su casa con la maleta y sin los hábitos.

En cuanto a Manuel hijo, resultó ser sano, ágil, recio, bien formado, discreto, educado, cariñoso, estudioso e incluso dueño de esa sencillez viril e inconsciente en el rostro que, en los muchachos, casi siempre da mejor resultado que la belleza. No me extrañaría nada que sus padres hubiesen decidido reservar lo mejorcito que tuviesen en lo más profundo de sus genes para su primer hijo varón, poniendo mucho más tesón y esperanza en la concepción de este que en la de sus hermanas.


Todos ellos crecieron en contacto estrecho con la abuela Antonia, que mientras estuvo ágil y desde que se vendió la casa Mixta, vivió con sus hijas. “Mi madre no va a vivir con una nuera mientras esté aquí su hija para cuidarla”, dijo Iluminada cada vez que tuvo ocasión. La abuela quiso mucho más a los hijos de sus hijas que a los de sus nueras, de la misma manera que Iluminada declaró la guerra a sus cuñadas estableciendo una competición tácita en la que trataba constantemente de demostrar estar mejor situada en el ranking de afectos y prioridades de sus hermanos que las esposas de estos. La soldadesca de la que se servía para esta guerra no era otra que la abuela y sus nietos, entre los que establecían favoritismos y sembraban cizaña. De un lado los nietos nacidos de sus hijas, los que conocieron a una abuela aún capaz de andar y con capacidad para demostrar ciertos sentimientos; por otro lado los engendros de sus hijos, que conocimos a la abuela y a las titas como ese ejército negro que se apoderaba de nuestros hogares durante un par de meses al año y hacía sufrir a nuestras madres. Porque, en cuanto la abuela se rompió la cadera y quedó inhabilitada para valerse por sí misma y desarrollar las tareas de la casa, Iluminada dejó de repetir su lema e inauguró el régimen de visitas rotatorio según el cual la abuela pasaría tres meses en casa de cada uno de sus hijos, con o sin nuera de por medio, hasta el día de su muerte.


Mi familia y yo vivíamos en la Casa Mixta, que había sido el hogar en el que la abuela Antonia crió a sus hijos. Años después la casa se puso en venta y mi padre la compró salvándola de la ruina dado que ninguno de sus hermanos se mostró interesado. Era corriente que Iluminada irrumpiese en la que era nuestra casa y deambulase por la misma como si aún fuese su hogar, e incluso llegó a traer extraños, a los que les enseñaba la casa desde el algaritón (buardilla que se utiliza como despensa o secadero de cereal, fruta de invierno, matanza y otros elementos) a la cuadra presentándola como suya ante la mirada atónita, la boca abierta y la infinita paciencia de mi madre. Ésta y mis hermanas contaban, en ausencia de mi padre, algunos de los hitos de la tita Iluminada y la abuela Antonia, como aquel episodio en el que se presentaron en mi casa a las 7 de la mañana, reclamando a la prima Irene, que estaba de visita en el pueblo y se había quedado a dormir aquella noche con mis hermanas, con la excusa de que su madre la iba a llamar por teléfono y debía volver a casa cuanto antes.

La mitad de las veces que le tocaba tener a la abuela, Iluminada alegaba alguna clase de baja médica o enfermedad, y las veces que por fin transigía en cumplir su turno, había que llevarle a la abuela en lugar de ir a recogerla ella.

Y tengan ustedes en cuenta el trabajo de Heracles que suponía el transporte de la abuela Antonia en coche de una ciudad a otra. Para empezar, la carga y descarga del cuerpo tras la rotura de la cadera requería de al menos seis brazos fornidos. La abuela se mareaba en cuando escuchaba el runrún del motor, con lo que gomitaba constantemente y la atmósfera dentro del coche se hacía insoportable al no poder circular con la ventana abierta, hecho que al parecer la llenaba de terror. La abuela lloraba, gomitaba, se lamentaba, rezaba, decía desear estar muerta y volvía a empezar. Y así se recorrían los kilómetros que separaban unos puntos del via crucis de otros, entre potas, lamentos, rezos y toallas empapadas en colonia. Por este y otros motivos de mayor gravedad que no he podido nunca averiguar pero creo relacionados con problemas entre cuñadas y con Manuel el cacique, mi tío Narciso dejó de hablarse con su hermana Iluminada, con lo cual le tocó a mi padre hacer de taxista en doble turno.

Pero aún había algo peor que viajar con la abuela, vivir con ella. Para empezar, yo tenía que cederle mi dormitorio, que era mi santuario, porque la cama y la estancia que convenían a una anciana inmóvil de casi 100 kilos eran los míos. Esto unido a las pocas muestras de cariño que recibí de esta señora y el relato de los desprecios que por su parte y la de mis tías habían sufrido mi madre y hermanas, hizo que desde bien temprano la abuela Antonia fuese persona non grata en mi vida. Yo conocí a una abuela un poco chocha ya desde el principio. La pobre se empecinaba en que dijese “hacer popó” en lugar de “cagar”, pero nunca lo consiguió. Después se pasaba el día hablándome del Niño Jesús hasta que dejó de regir del todo y lo único que hacía era lloriquear, lamentarse y decir que se estaba muriendo.

Así transcurrieron los años hasta el día en que, estando la abuela bajo nuestro techo, Iluminada vino un día a visitarla y se armó la marimorena. Mi padre estaba en el trabajo y mi madre estaba haciendo las cosas de la casa a la vez que preparaba una comida normal para todos y una especial para la abuela, que era bastante delicadita y además contaba con la peculiaridad de no conservar un diente. Iluminada comenzó destapando la olla a ver qué era aquello que le pensaban dar de comer a su madre. Rápidamente mostró su disgusto con el menú, se quitó las pieles, se remangó y anunció que se disponía a darle la comida a su madre. La mía, que cuidaba estupendamente a su suegra cada vez que le correspondía sin saltarse su turno y cubriendo los que se saltaban las demás, y que lo hacía además con un respeto y una eficacia absolutos, dijo que ya estaba bien de tocar el coño y que en su casa no iba nadie a insinuar que la abuela no estaba bien atendida ni muchísimo menos a disponer. Iluminada se puso farruca y dijo que cuando su hermano volviese del trabajo se iba a enterar, con lo que ésta la puso de patitas en la calle. Volvió esa tarde en comitiva de arpías, acompañada de no sé quién, a demostrar que cuando mi padre estuviese en casa ella sería libre de deambular y organizar cuanto le viniese en gana. Habló en privado con él, y desde ese día no volvieron a dirigirse la palabra ni volvió Iluminada a poner un pie en mi casa. Fue una auténtica liberación librarse de aquella plaga de Egipto que había llegado incluso a organizar en mi casa reuniones de aquellas en las que una maruja emprendedora vendía baterías de cocina y cosméticos a las demás.

Mi madre siempre fue muy paciente con estos asuntos y comprendía el papel salomónico en el que colocaban a mi padre, de manera que trataba de aliviarlo de su responsabilidad, con lo que el resultado siempre era, de todos los posibles, el menos cómodo para ella. Esto liberaba a mi padre de severos tormentos y cismas familiares, pero también la cargaba a ella cada vez más con la rabia y la impotencia de ver cómo las gorgonas se salían con la suya. Hasta aquel día, en que mi padre tomó partido de una vez y puso las cosas en su sitio.


A partir de entonces, las apariciones de Iluminada son escasas pero estelares. Para empezar, cuando le tocaba la abuela, ni Narciso ni mi padre podían ver a su madre, claro está. La guerra ya era abierta tanto con Iluminada como con el cabestro de su esposo. Los domingos, cuando volvíamos de Génesis a Granada, pasábamos con el coche por delante de la casa de Iluminada y mi padre reducía la marcha hasta casi detenerse y se asomaba a ver si veía a la abuela en el balcón. Recuerdo que a mí me traía sin cuidado y mi padre me decía que me asomase a verla. La verdad es que no sentía ningún afecto por ella.

Cuando la muerte de la abuela era ya inminente, las titas decidieron que era conveniente que se muriese en su casa y en su cama, así que se plantaron las tres con la anciana agonizante en nuestra casa del pueblo y tomaron posesión de ella. Bueno, las tres no, las dos, porque Iluminada, claro está, seguía vetada. Pamplinas; por los vecinos sabíamos, que en cuanto el domingo nos íbamos a Granada, Iluminada se personaba allí y gozaba interpretando la liturgia del ama de su casa. Incluso hubo una tarde que Narciso entró sin llamar y se la encontró durmiendo en el sofá como Moby Dick. Que aprovechase nuestra ausencia para ir a ver a madre era natural y se consentía, pero espatarrarse en el salón a roncar iba demasiado lejos, así que la puso como un trapo y la volvió a echar a la calle.

Lo de inminente resultó ser algo exagerado y la abuela aguantó varios meses, en los que mis tías María e Irene estuvieron viviendo en nuestra casa de Génesis y la abuela estuvo instalada en la vieja cama alta de latón con interruptor de perilla de la planta alta. En todo ese tiempo decidieron adecentar la casa para cuando llegase el día del velatorio. La mandaron pintar por dentro y por fuera y le pasaron la factura a mis padres.

Un día, tres o cuatro meses después, volví del colegio, llamé al timbre y no había nadie. La vecina me informó de que la abuela había muerto y que mis padres se habían marchado a Génesis. Iluminada, por supuesto, pudo acudir al velatorio, donde siguió comportándose como si estuviese en su propia casa. Al marcharse las titas, creo que pasaron a mis padres hasta la factura del butano que habían gastado.


En las pocas apariciones de Iluminada que sucedieron al funeral de la abuela dejó bien claro que ya no regía. Hablar con ella era una elocuente experiencia en que la expresión de sus ojos, lo descabellado de sus argumentos, un egoísmo épico y una capacidad infalible de espontánea excentricidad apuntaban sin remedio al más claro de los diagnósticos: la conciencia la había conducido a una suerte moderada y familiar de locura; igualito que a su madre.

Una mañana de verano, me despertaron unas voces en el portal de la casa. Al bajar la escalera me encontré a mi madre con Sebastián el Capítulo (un vecino así apodado por su reducida estatura) sentados a la gran mesa del portal con Iluminada. Mi madre y Sebastián estaban completamente estupefactos; al parecer, entró como si tal cosa y se sentó a charlar con ellos. Me saludó y me pidió que le diera un beso.

-Te voy a decir una cosa. Que sepas que soy tu madrina –afirmó levantando el índice.

Acto seguido se levantó, se acercó al viejo cuadro del Niño Jesús con San José en la carpintería y dijo:

-Este cuadro era de mi abuela.

Fue la última vez que la vi. Al funeral de mi madre sólo acudieron su esposo y mi prima Nicolasita.