Iluminada sacó las hechuras de su madre, aunque creció mucho más generosa en carnes, como si al mismo esqueleto le hubiesen añadido unas cuantas arrobas más de piel y manteca. Cuando joven no era gorda, pero sí robusta y colorada. Toda una Aldonza Lorenzo serrana capaz de criar una camada de cafres.
Debieron de conocerle el carácter nada más verla asomar entre las piernas de su madre, porque no pudieron estar más acertados con el nombre. Iluminada no podía escuchar una exposición o presenciar una conducta sin decir lo que pensaba al respecto y corregirla diligentemente. No era muy lista ni muy lúcida, lo cual hacía que lo encontrase todo tremendamente sencillo, así que estaba convencida de tener siempre razón y encontraba extrañísimo que tras exponer su parecer no estuviera todo el mundo convencido. Ello le otorgaba una vehemencia sólida y serena, como de la elefanta más anciana de la manada. Elaboraba su razonamiento paso a paso y los exponía ordenadamente respetando las leyes de la lógica y la coherencia hasta que en uno de los saltos, como si un chispazo hubiese cortocircuitado el hilo argumental, asentaba un axioma con el que hacía trizas el sentido común y, sin cambiar el tono ni balbucear lo más mínimo, continuaba su teoría torcida hasta concluirla satisfecha.
De alguna manera, todo el mundo parecía comprender que sacarla de su error e indicarle qué eslabón de la cadena era el defectuoso resultaba completamente inútil, por lo que la familia y el pueblo entero acabó aprendiendo como el perro de Pavlov que lo mejor era darle la razón como a los locos.
Con el tiempo, devino en costumbre que conforme Iluminada paseaba por el pueblo, se topase con alguien o directamente entrase en su casa para indicar al vecino correspondiente cómo proceder con su sembrado de habas, cerrar un trato de lindes o la conveniencia de censurar cierto comportamiento de sus hijas en público. Tras darle la razón y aguantarla un buen rato, el paciente paisano conseguía librarse de ella, que se iba tan ancha a disponer a otro lugar.
A veces sucedía que alguien la mandase a la mierda, pero ella no se alteraba ni se daba por ofendida en absoluto. Al contrario, perseveraba en su postura y volvía a desplegar su elaborado razonamiento. Por lo que al fin, lo más práctico era decirle a todo que sí, y eso lo sabían en Génesis hasta las cabras.
Así pasó de mozuela a casadera y... ya pensaban ustedes que no hallaría quien la aguantase, ¿verdad? Pues halló.
Se casó con Manuel, un mozo bruto, antipático y engreído con vocación de cacique, aficionado como ella a organizarlo todo aunque bastante menos condescendiente. Una mole inmensa con la cabeza como una sandía que parecía creer que ser más grande que los demás lo situaba por encima también intelectual y moralmente. Una alhaja.
Tardaron poco en constituir un equipo temible que vaciaba las calles y atrancaba puertas a su paso. Pronto tuvieron al pueblo entero como enemigo, paseaban entre sus vecinos cogidos del brazo como dos buitres leonados merodean en busca de una víctima en la que cebarse. Empezaron a fraguarse auténticas enemistades con el ejercicio diario de su natural condición o gracias a acciones extraordinarias como el traicionero secuestro de una de esas imágenes marianas itinerantes que en los pueblos se pasan de casa en casa y que retuvieron para siempre en la suya alegando que había sido sufragada cincuenta años atrás por la madre del padre de Iluminada.
Estos dos carismáticos personajes fueron, años más tarde, mis padrinos.
Sin mucha dilación, se pusieron a procrear, engendrando, en este orden, a Nicolasita, Manuel, Toñi y Lumi. Nico la pobre era fea como un pie sin uñas y dio muestras tempranas de cierta torpeza extraordinaria, aunque, eso sí, resultó ser bastante agradable y cariñosa. A Toñi la recuerdo seria como su padre pero con la destreza oratoria de su madre y una deformidad congénita en la mano derecha, en la que sólo tenía el dedo pulgar y encima sin terminar; de pequeño me gustaba verla manipularlo todo con su mano mala y recuerdo la falta absoluta de complejos con la que se trataba el asunto. De Lumi no consigo recordar el rostro ni otra cosa que no sea la historia que contaba mi madre según la cual, entre la abuela Antonia e Iluminada, consiguieron montarle tal sindiós en la cabeza que la pobre acabó por meterse a monja. Por suerte o por desgracia, en el convento la hacían levantarse a las 5 de la madrugada para rezar y, acto seguido, currar en el huerto, por lo que Lumi dijo que tururú y a los tres meses se plantó de nuevo en su casa con la maleta y sin los hábitos.
En cuanto a Manuel hijo, resultó ser sano, ágil, recio, bien formado, discreto, educado, cariñoso, estudioso e incluso dueño de esa sencillez viril e inconsciente en el rostro que, en los muchachos, casi siempre da mejor resultado que la belleza. No me extrañaría nada que sus padres hubiesen decidido reservar lo mejorcito que tuviesen en lo más profundo de sus genes para su primer hijo varón, poniendo mucho más tesón y esperanza en la concepción de este que en la de sus hermanas.
Todos ellos crecieron en contacto estrecho con la abuela Antonia, que mientras estuvo ágil y desde que se vendió la casa Mixta, vivió con sus hijas. “Mi madre no va a vivir con una nuera mientras esté aquí su hija para cuidarla”, dijo Iluminada cada vez que tuvo ocasión. La abuela quiso mucho más a los hijos de sus hijas que a los de sus nueras, de la misma manera que Iluminada declaró la guerra a sus cuñadas estableciendo una competición tácita en la que trataba constantemente de demostrar estar mejor situada en el ranking de afectos y prioridades de sus hermanos que las esposas de estos. La soldadesca de la que se servía para esta guerra no era otra que la abuela y sus nietos, entre los que establecían favoritismos y sembraban cizaña. De un lado los nietos nacidos de sus hijas, los que conocieron a una abuela aún capaz de andar y con capacidad para demostrar ciertos sentimientos; por otro lado los engendros de sus hijos, que conocimos a la abuela y a las titas como ese ejército negro que se apoderaba de nuestros hogares durante un par de meses al año y hacía sufrir a nuestras madres. Porque, en cuanto la abuela se rompió la cadera y quedó inhabilitada para valerse por sí misma y desarrollar las tareas de la casa, Iluminada dejó de repetir su lema e inauguró el régimen de visitas rotatorio según el cual la abuela pasaría tres meses en casa de cada uno de sus hijos, con o sin nuera de por medio, hasta el día de su muerte.
Mi familia y yo vivíamos en la Casa Mixta, que había sido el hogar en el que la abuela Antonia crió a sus hijos. Años después la casa se puso en venta y mi padre la compró salvándola de la ruina dado que ninguno de sus hermanos se mostró interesado. Era corriente que Iluminada irrumpiese en la que era nuestra casa y deambulase por la misma como si aún fuese su hogar, e incluso llegó a traer extraños, a los que les enseñaba la casa desde el algaritón (buardilla que se utiliza como despensa o secadero de cereal, fruta de invierno, matanza y otros elementos) a la cuadra presentándola como suya ante la mirada atónita, la boca abierta y la infinita paciencia de mi madre. Ésta y mis hermanas contaban, en ausencia de mi padre, algunos de los hitos de la tita Iluminada y la abuela Antonia, como aquel episodio en el que se presentaron en mi casa a las 7 de la mañana, reclamando a la prima Irene, que estaba de visita en el pueblo y se había quedado a dormir aquella noche con mis hermanas, con la excusa de que su madre la iba a llamar por teléfono y debía volver a casa cuanto antes.
La mitad de las veces que le tocaba tener a la abuela, Iluminada alegaba alguna clase de baja médica o enfermedad, y las veces que por fin transigía en cumplir su turno, había que llevarle a la abuela en lugar de ir a recogerla ella.
Y tengan ustedes en cuenta el trabajo de Heracles que suponía el transporte de la abuela Antonia en coche de una ciudad a otra. Para empezar, la carga y descarga del cuerpo tras la rotura de la cadera requería de al menos seis brazos fornidos. La abuela se mareaba en cuando escuchaba el runrún del motor, con lo que gomitaba constantemente y la atmósfera dentro del coche se hacía insoportable al no poder circular con la ventana abierta, hecho que al parecer la llenaba de terror. La abuela lloraba, gomitaba, se lamentaba, rezaba, decía desear estar muerta y volvía a empezar. Y así se recorrían los kilómetros que separaban unos puntos del via crucis de otros, entre potas, lamentos, rezos y toallas empapadas en colonia. Por este y otros motivos de mayor gravedad que no he podido nunca averiguar pero creo relacionados con problemas entre cuñadas y con Manuel el cacique, mi tío Narciso dejó de hablarse con su hermana Iluminada, con lo cual le tocó a mi padre hacer de taxista en doble turno.
Pero aún había algo peor que viajar con la abuela, vivir con ella. Para empezar, yo tenía que cederle mi dormitorio, que era mi santuario, porque la cama y la estancia que convenían a una anciana inmóvil de casi 100 kilos eran los míos. Esto unido a las pocas muestras de cariño que recibí de esta señora y el relato de los desprecios que por su parte y la de mis tías habían sufrido mi madre y hermanas, hizo que desde bien temprano la abuela Antonia fuese persona non grata en mi vida. Yo conocí a una abuela un poco chocha ya desde el principio. La pobre se empecinaba en que dijese “hacer popó” en lugar de “cagar”, pero nunca lo consiguió. Después se pasaba el día hablándome del Niño Jesús hasta que dejó de regir del todo y lo único que hacía era lloriquear, lamentarse y decir que se estaba muriendo.
Así transcurrieron los años hasta el día en que, estando la abuela bajo nuestro techo, Iluminada vino un día a visitarla y se armó la marimorena. Mi padre estaba en el trabajo y mi madre estaba haciendo las cosas de la casa a la vez que preparaba una comida normal para todos y una especial para la abuela, que era bastante delicadita y además contaba con la peculiaridad de no conservar un diente. Iluminada comenzó destapando la olla a ver qué era aquello que le pensaban dar de comer a su madre. Rápidamente mostró su disgusto con el menú, se quitó las pieles, se remangó y anunció que se disponía a darle la comida a su madre. La mía, que cuidaba estupendamente a su suegra cada vez que le correspondía sin saltarse su turno y cubriendo los que se saltaban las demás, y que lo hacía además con un respeto y una eficacia absolutos, dijo que ya estaba bien de tocar el coño y que en su casa no iba nadie a insinuar que la abuela no estaba bien atendida ni muchísimo menos a disponer. Iluminada se puso farruca y dijo que cuando su hermano volviese del trabajo se iba a enterar, con lo que ésta la puso de patitas en la calle. Volvió esa tarde en comitiva de arpías, acompañada de no sé quién, a demostrar que cuando mi padre estuviese en casa ella sería libre de deambular y organizar cuanto le viniese en gana. Habló en privado con él, y desde ese día no volvieron a dirigirse la palabra ni volvió Iluminada a poner un pie en mi casa. Fue una auténtica liberación librarse de aquella plaga de Egipto que había llegado incluso a organizar en mi casa reuniones de aquellas en las que una maruja emprendedora vendía baterías de cocina y cosméticos a las demás.
Mi madre siempre fue muy paciente con estos asuntos y comprendía el papel salomónico en el que colocaban a mi padre, de manera que trataba de aliviarlo de su responsabilidad, con lo que el resultado siempre era, de todos los posibles, el menos cómodo para ella. Esto liberaba a mi padre de severos tormentos y cismas familiares, pero también la cargaba a ella cada vez más con la rabia y la impotencia de ver cómo las gorgonas se salían con la suya. Hasta aquel día, en que mi padre tomó partido de una vez y puso las cosas en su sitio.
A partir de entonces, las apariciones de Iluminada son escasas pero estelares. Para empezar, cuando le tocaba la abuela, ni Narciso ni mi padre podían ver a su madre, claro está. La guerra ya era abierta tanto con Iluminada como con el cabestro de su esposo. Los domingos, cuando volvíamos de Génesis a Granada, pasábamos con el coche por delante de la casa de Iluminada y mi padre reducía la marcha hasta casi detenerse y se asomaba a ver si veía a la abuela en el balcón. Recuerdo que a mí me traía sin cuidado y mi padre me decía que me asomase a verla. La verdad es que no sentía ningún afecto por ella.
Cuando la muerte de la abuela era ya inminente, las titas decidieron que era conveniente que se muriese en su casa y en su cama, así que se plantaron las tres con la anciana agonizante en nuestra casa del pueblo y tomaron posesión de ella. Bueno, las tres no, las dos, porque Iluminada, claro está, seguía vetada. Pamplinas; por los vecinos sabíamos, que en cuanto el domingo nos íbamos a Granada, Iluminada se personaba allí y gozaba interpretando la liturgia del ama de su casa. Incluso hubo una tarde que Narciso entró sin llamar y se la encontró durmiendo en el sofá como Moby Dick. Que aprovechase nuestra ausencia para ir a ver a madre era natural y se consentía, pero espatarrarse en el salón a roncar iba demasiado lejos, así que la puso como un trapo y la volvió a echar a la calle.
Lo de inminente resultó ser algo exagerado y la abuela aguantó varios meses, en los que mis tías María e Irene estuvieron viviendo en nuestra casa de Génesis y la abuela estuvo instalada en la vieja cama alta de latón con interruptor de perilla de la planta alta. En todo ese tiempo decidieron adecentar la casa para cuando llegase el día del velatorio. La mandaron pintar por dentro y por fuera y le pasaron la factura a mis padres.
Un día, tres o cuatro meses después, volví del colegio, llamé al timbre y no había nadie. La vecina me informó de que la abuela había muerto y que mis padres se habían marchado a Génesis. Iluminada, por supuesto, pudo acudir al velatorio, donde siguió comportándose como si estuviese en su propia casa. Al marcharse las titas, creo que pasaron a mis padres hasta la factura del butano que habían gastado.
En las pocas apariciones de Iluminada que sucedieron al funeral de la abuela dejó bien claro que ya no regía. Hablar con ella era una elocuente experiencia en que la expresión de sus ojos, lo descabellado de sus argumentos, un egoísmo épico y una capacidad infalible de espontánea excentricidad apuntaban sin remedio al más claro de los diagnósticos: la conciencia la había conducido a una suerte moderada y familiar de locura; igualito que a su madre.
Una mañana de verano, me despertaron unas voces en el portal de la casa. Al bajar la escalera me encontré a mi madre con Sebastián el Capítulo (un vecino así apodado por su reducida estatura) sentados a la gran mesa del portal con Iluminada. Mi madre y Sebastián estaban completamente estupefactos; al parecer, entró como si tal cosa y se sentó a charlar con ellos. Me saludó y me pidió que le diera un beso.
-Te voy a decir una cosa. Que sepas que soy tu madrina –afirmó levantando el índice.
Acto seguido se levantó, se acercó al viejo cuadro del Niño Jesús con San José en la carpintería y dijo:
-Este cuadro era de mi abuela.
Fue la última vez que la vi. Al funeral de mi madre sólo acudieron su esposo y mi prima Nicolasita.