jueves, julio 09, 2009

Iluminada (1927 - 2009)


Iluminada sacó las hechuras de su madre, aunque creció mucho más generosa en carnes, como si al mismo esqueleto le hubiesen añadido unas cuantas arrobas más de piel y manteca. Cuando joven no era gorda, pero sí robusta y colorada. Toda una Aldonza Lorenzo serrana capaz de criar una camada de cafres.

Debieron de conocerle el carácter nada más verla asomar entre las piernas de su madre, porque no pudieron estar más acertados con el nombre. Iluminada no podía escuchar una exposición o presenciar una conducta sin decir lo que pensaba al respecto y corregirla diligentemente. No era muy lista ni muy lúcida, lo cual hacía que lo encontrase todo tremendamente sencillo, así que estaba convencida de tener siempre razón y encontraba extrañísimo que tras exponer su parecer no estuviera todo el mundo convencido. Ello le otorgaba una vehemencia sólida y serena, como de la elefanta más anciana de la manada. Elaboraba su razonamiento paso a paso y los exponía ordenadamente respetando las leyes de la lógica y la coherencia hasta que en uno de los saltos, como si un chispazo hubiese cortocircuitado el hilo argumental, asentaba un axioma con el que hacía trizas el sentido común y, sin cambiar el tono ni balbucear lo más mínimo, continuaba su teoría torcida hasta concluirla satisfecha.

De alguna manera, todo el mundo parecía comprender que sacarla de su error e indicarle qué eslabón de la cadena era el defectuoso resultaba completamente inútil, por lo que la familia y el pueblo entero acabó aprendiendo como el perro de Pavlov que lo mejor era darle la razón como a los locos.

Con el tiempo, devino en costumbre que conforme Iluminada paseaba por el pueblo, se topase con alguien o directamente entrase en su casa para indicar al vecino correspondiente cómo proceder con su sembrado de habas, cerrar un trato de lindes o la conveniencia de censurar cierto comportamiento de sus hijas en público. Tras darle la razón y aguantarla un buen rato, el paciente paisano conseguía librarse de ella, que se iba tan ancha a disponer a otro lugar.

A veces sucedía que alguien la mandase a la mierda, pero ella no se alteraba ni se daba por ofendida en absoluto. Al contrario, perseveraba en su postura y volvía a desplegar su elaborado razonamiento. Por lo que al fin, lo más práctico era decirle a todo que sí, y eso lo sabían en Génesis hasta las cabras.


Así pasó de mozuela a casadera y... ya pensaban ustedes que no hallaría quien la aguantase, ¿verdad? Pues halló.

Se casó con Manuel, un mozo bruto, antipático y engreído con vocación de cacique, aficionado como ella a organizarlo todo aunque bastante menos condescendiente. Una mole inmensa con la cabeza como una sandía que parecía creer que ser más grande que los demás lo situaba por encima también intelectual y moralmente. Una alhaja.

Tardaron poco en constituir un equipo temible que vaciaba las calles y atrancaba puertas a su paso. Pronto tuvieron al pueblo entero como enemigo, paseaban entre sus vecinos cogidos del brazo como dos buitres leonados merodean en busca de una víctima en la que cebarse. Empezaron a fraguarse auténticas enemistades con el ejercicio diario de su natural condición o gracias a acciones extraordinarias como el traicionero secuestro de una de esas imágenes marianas itinerantes que en los pueblos se pasan de casa en casa y que retuvieron para siempre en la suya alegando que había sido sufragada cincuenta años atrás por la madre del padre de Iluminada.

Estos dos carismáticos personajes fueron, años más tarde, mis padrinos.


Sin mucha dilación, se pusieron a procrear, engendrando, en este orden, a Nicolasita, Manuel, Toñi y Lumi. Nico la pobre era fea como un pie sin uñas y dio muestras tempranas de cierta torpeza extraordinaria, aunque, eso sí, resultó ser bastante agradable y cariñosa. A Toñi la recuerdo seria como su padre pero con la destreza oratoria de su madre y una deformidad congénita en la mano derecha, en la que sólo tenía el dedo pulgar y encima sin terminar; de pequeño me gustaba verla manipularlo todo con su mano mala y recuerdo la falta absoluta de complejos con la que se trataba el asunto. De Lumi no consigo recordar el rostro ni otra cosa que no sea la historia que contaba mi madre según la cual, entre la abuela Antonia e Iluminada, consiguieron montarle tal sindiós en la cabeza que la pobre acabó por meterse a monja. Por suerte o por desgracia, en el convento la hacían levantarse a las 5 de la madrugada para rezar y, acto seguido, currar en el huerto, por lo que Lumi dijo que tururú y a los tres meses se plantó de nuevo en su casa con la maleta y sin los hábitos.

En cuanto a Manuel hijo, resultó ser sano, ágil, recio, bien formado, discreto, educado, cariñoso, estudioso e incluso dueño de esa sencillez viril e inconsciente en el rostro que, en los muchachos, casi siempre da mejor resultado que la belleza. No me extrañaría nada que sus padres hubiesen decidido reservar lo mejorcito que tuviesen en lo más profundo de sus genes para su primer hijo varón, poniendo mucho más tesón y esperanza en la concepción de este que en la de sus hermanas.


Todos ellos crecieron en contacto estrecho con la abuela Antonia, que mientras estuvo ágil y desde que se vendió la casa Mixta, vivió con sus hijas. “Mi madre no va a vivir con una nuera mientras esté aquí su hija para cuidarla”, dijo Iluminada cada vez que tuvo ocasión. La abuela quiso mucho más a los hijos de sus hijas que a los de sus nueras, de la misma manera que Iluminada declaró la guerra a sus cuñadas estableciendo una competición tácita en la que trataba constantemente de demostrar estar mejor situada en el ranking de afectos y prioridades de sus hermanos que las esposas de estos. La soldadesca de la que se servía para esta guerra no era otra que la abuela y sus nietos, entre los que establecían favoritismos y sembraban cizaña. De un lado los nietos nacidos de sus hijas, los que conocieron a una abuela aún capaz de andar y con capacidad para demostrar ciertos sentimientos; por otro lado los engendros de sus hijos, que conocimos a la abuela y a las titas como ese ejército negro que se apoderaba de nuestros hogares durante un par de meses al año y hacía sufrir a nuestras madres. Porque, en cuanto la abuela se rompió la cadera y quedó inhabilitada para valerse por sí misma y desarrollar las tareas de la casa, Iluminada dejó de repetir su lema e inauguró el régimen de visitas rotatorio según el cual la abuela pasaría tres meses en casa de cada uno de sus hijos, con o sin nuera de por medio, hasta el día de su muerte.


Mi familia y yo vivíamos en la Casa Mixta, que había sido el hogar en el que la abuela Antonia crió a sus hijos. Años después la casa se puso en venta y mi padre la compró salvándola de la ruina dado que ninguno de sus hermanos se mostró interesado. Era corriente que Iluminada irrumpiese en la que era nuestra casa y deambulase por la misma como si aún fuese su hogar, e incluso llegó a traer extraños, a los que les enseñaba la casa desde el algaritón (buardilla que se utiliza como despensa o secadero de cereal, fruta de invierno, matanza y otros elementos) a la cuadra presentándola como suya ante la mirada atónita, la boca abierta y la infinita paciencia de mi madre. Ésta y mis hermanas contaban, en ausencia de mi padre, algunos de los hitos de la tita Iluminada y la abuela Antonia, como aquel episodio en el que se presentaron en mi casa a las 7 de la mañana, reclamando a la prima Irene, que estaba de visita en el pueblo y se había quedado a dormir aquella noche con mis hermanas, con la excusa de que su madre la iba a llamar por teléfono y debía volver a casa cuanto antes.

La mitad de las veces que le tocaba tener a la abuela, Iluminada alegaba alguna clase de baja médica o enfermedad, y las veces que por fin transigía en cumplir su turno, había que llevarle a la abuela en lugar de ir a recogerla ella.

Y tengan ustedes en cuenta el trabajo de Heracles que suponía el transporte de la abuela Antonia en coche de una ciudad a otra. Para empezar, la carga y descarga del cuerpo tras la rotura de la cadera requería de al menos seis brazos fornidos. La abuela se mareaba en cuando escuchaba el runrún del motor, con lo que gomitaba constantemente y la atmósfera dentro del coche se hacía insoportable al no poder circular con la ventana abierta, hecho que al parecer la llenaba de terror. La abuela lloraba, gomitaba, se lamentaba, rezaba, decía desear estar muerta y volvía a empezar. Y así se recorrían los kilómetros que separaban unos puntos del via crucis de otros, entre potas, lamentos, rezos y toallas empapadas en colonia. Por este y otros motivos de mayor gravedad que no he podido nunca averiguar pero creo relacionados con problemas entre cuñadas y con Manuel el cacique, mi tío Narciso dejó de hablarse con su hermana Iluminada, con lo cual le tocó a mi padre hacer de taxista en doble turno.

Pero aún había algo peor que viajar con la abuela, vivir con ella. Para empezar, yo tenía que cederle mi dormitorio, que era mi santuario, porque la cama y la estancia que convenían a una anciana inmóvil de casi 100 kilos eran los míos. Esto unido a las pocas muestras de cariño que recibí de esta señora y el relato de los desprecios que por su parte y la de mis tías habían sufrido mi madre y hermanas, hizo que desde bien temprano la abuela Antonia fuese persona non grata en mi vida. Yo conocí a una abuela un poco chocha ya desde el principio. La pobre se empecinaba en que dijese “hacer popó” en lugar de “cagar”, pero nunca lo consiguió. Después se pasaba el día hablándome del Niño Jesús hasta que dejó de regir del todo y lo único que hacía era lloriquear, lamentarse y decir que se estaba muriendo.

Así transcurrieron los años hasta el día en que, estando la abuela bajo nuestro techo, Iluminada vino un día a visitarla y se armó la marimorena. Mi padre estaba en el trabajo y mi madre estaba haciendo las cosas de la casa a la vez que preparaba una comida normal para todos y una especial para la abuela, que era bastante delicadita y además contaba con la peculiaridad de no conservar un diente. Iluminada comenzó destapando la olla a ver qué era aquello que le pensaban dar de comer a su madre. Rápidamente mostró su disgusto con el menú, se quitó las pieles, se remangó y anunció que se disponía a darle la comida a su madre. La mía, que cuidaba estupendamente a su suegra cada vez que le correspondía sin saltarse su turno y cubriendo los que se saltaban las demás, y que lo hacía además con un respeto y una eficacia absolutos, dijo que ya estaba bien de tocar el coño y que en su casa no iba nadie a insinuar que la abuela no estaba bien atendida ni muchísimo menos a disponer. Iluminada se puso farruca y dijo que cuando su hermano volviese del trabajo se iba a enterar, con lo que ésta la puso de patitas en la calle. Volvió esa tarde en comitiva de arpías, acompañada de no sé quién, a demostrar que cuando mi padre estuviese en casa ella sería libre de deambular y organizar cuanto le viniese en gana. Habló en privado con él, y desde ese día no volvieron a dirigirse la palabra ni volvió Iluminada a poner un pie en mi casa. Fue una auténtica liberación librarse de aquella plaga de Egipto que había llegado incluso a organizar en mi casa reuniones de aquellas en las que una maruja emprendedora vendía baterías de cocina y cosméticos a las demás.

Mi madre siempre fue muy paciente con estos asuntos y comprendía el papel salomónico en el que colocaban a mi padre, de manera que trataba de aliviarlo de su responsabilidad, con lo que el resultado siempre era, de todos los posibles, el menos cómodo para ella. Esto liberaba a mi padre de severos tormentos y cismas familiares, pero también la cargaba a ella cada vez más con la rabia y la impotencia de ver cómo las gorgonas se salían con la suya. Hasta aquel día, en que mi padre tomó partido de una vez y puso las cosas en su sitio.


A partir de entonces, las apariciones de Iluminada son escasas pero estelares. Para empezar, cuando le tocaba la abuela, ni Narciso ni mi padre podían ver a su madre, claro está. La guerra ya era abierta tanto con Iluminada como con el cabestro de su esposo. Los domingos, cuando volvíamos de Génesis a Granada, pasábamos con el coche por delante de la casa de Iluminada y mi padre reducía la marcha hasta casi detenerse y se asomaba a ver si veía a la abuela en el balcón. Recuerdo que a mí me traía sin cuidado y mi padre me decía que me asomase a verla. La verdad es que no sentía ningún afecto por ella.

Cuando la muerte de la abuela era ya inminente, las titas decidieron que era conveniente que se muriese en su casa y en su cama, así que se plantaron las tres con la anciana agonizante en nuestra casa del pueblo y tomaron posesión de ella. Bueno, las tres no, las dos, porque Iluminada, claro está, seguía vetada. Pamplinas; por los vecinos sabíamos, que en cuanto el domingo nos íbamos a Granada, Iluminada se personaba allí y gozaba interpretando la liturgia del ama de su casa. Incluso hubo una tarde que Narciso entró sin llamar y se la encontró durmiendo en el sofá como Moby Dick. Que aprovechase nuestra ausencia para ir a ver a madre era natural y se consentía, pero espatarrarse en el salón a roncar iba demasiado lejos, así que la puso como un trapo y la volvió a echar a la calle.

Lo de inminente resultó ser algo exagerado y la abuela aguantó varios meses, en los que mis tías María e Irene estuvieron viviendo en nuestra casa de Génesis y la abuela estuvo instalada en la vieja cama alta de latón con interruptor de perilla de la planta alta. En todo ese tiempo decidieron adecentar la casa para cuando llegase el día del velatorio. La mandaron pintar por dentro y por fuera y le pasaron la factura a mis padres.

Un día, tres o cuatro meses después, volví del colegio, llamé al timbre y no había nadie. La vecina me informó de que la abuela había muerto y que mis padres se habían marchado a Génesis. Iluminada, por supuesto, pudo acudir al velatorio, donde siguió comportándose como si estuviese en su propia casa. Al marcharse las titas, creo que pasaron a mis padres hasta la factura del butano que habían gastado.


En las pocas apariciones de Iluminada que sucedieron al funeral de la abuela dejó bien claro que ya no regía. Hablar con ella era una elocuente experiencia en que la expresión de sus ojos, lo descabellado de sus argumentos, un egoísmo épico y una capacidad infalible de espontánea excentricidad apuntaban sin remedio al más claro de los diagnósticos: la conciencia la había conducido a una suerte moderada y familiar de locura; igualito que a su madre.

Una mañana de verano, me despertaron unas voces en el portal de la casa. Al bajar la escalera me encontré a mi madre con Sebastián el Capítulo (un vecino así apodado por su reducida estatura) sentados a la gran mesa del portal con Iluminada. Mi madre y Sebastián estaban completamente estupefactos; al parecer, entró como si tal cosa y se sentó a charlar con ellos. Me saludó y me pidió que le diera un beso.

-Te voy a decir una cosa. Que sepas que soy tu madrina –afirmó levantando el índice.

Acto seguido se levantó, se acercó al viejo cuadro del Niño Jesús con San José en la carpintería y dijo:

-Este cuadro era de mi abuela.

Fue la última vez que la vi. Al funeral de mi madre sólo acudieron su esposo y mi prima Nicolasita.

lunes, junio 29, 2009

Jueces vocacionales

F.C., de 35 años, llega a casa tras la jornada laboral. La cámara lo sigue de cerca. Mientras busca las llaves en su mochila aprovecha para ponernos en situación.
-Todo empezó al poco de nacer mi hijo. Me encontré con unas imágenes por internet que me convulsionaron especialmente, de una manera que no habría sucedido antes. Le han pixelizado el rostro para que nadie lo reconozca. Abre por fin la puerta y nos invita a entrar en su casa. Lo seguimos hasta un salón tipo Ikea. La tele está puesta y desde el sofá un enorme peluche de Pocoyó nos observa atentamente. F.C. coloca un ordenador portátil de los baratos sobre una mesita baja en cuyo tablero luce un retrato warholiano de Audrey Hepburn. Mientras nos muestra una pantalla con resultados de Google, la voz en off nos cuenta que F.C. trabaja como voluntario en una organización altruista que colabora con la policía. Invierten su tiempo libre en recorrer la red buscando pornografía infantil que después denuncian.
-Suelen empezar viendo fotos de modelos menores de edad ligeras de ropa. Después una cosa lleva a la otra y podemos llegar a encontrarnos con gente que consume fotos o videos de adultos manteniendo relaciones sexuales con menores- explica F.C.
Mientras tanto, la edición del reportaje alterna los símbolos y sonidos propios de una alerta nuclear que utiliza el antivirus gratuito Avast que F. tiene instalado en el ordenador con el que patrulla.
Se trata de un reportaje emitido hace un par de días en el informativo de Telecinco.

Algo huele a podrido en ese salón cubierto de tonos pastel. No es de extrañar que F.C. quiera ocultar su rostro. Su mente enferma está anegada por un limo ponzoñoso que traspasa la máscara pixelada. Hay algo profundamente mórbido en patrullar por el mundo en busca de potenciales peligros que pudieran amenazar a nuestro retoño, pero el caso de F.C. es aún más sospechoso. ¿Por qué esta especial dedicación a los pornógrafos infantiles? ¿Por qué no perseguir camellos o asesinos en serie?
Que una persona decida dedicarse libre y profesionalmente a administrar justicia y castigo o a perseguir el crimen sin mediar un asunto personal, venganza o ajuste de cuentas es una declaración de valores perversos o bien de un cinismo práctico y cívico. Pero que alguien decida consagrarse a tan pesada y delicada tarea de manera altruista es señal de una profunda y obscena corrupción moral, una auténtica aberración. Lo que se dice un auténtico hijo de puta.
Lo más miserable de la conducta de F.C. es la cobardía de utilizar a su propio hijo para justificar su demencia, para enterrar algo que su consciencia es incapaz de figurar. Mientras tanto, pone en peligro al niño envenenando los escenarios de su educación, inoculando en su mundo la semilla del horror.

Otra cara del mismo dado es el ciudadano con capacidad de indignación especializada. Es aquel particularmente sensible a un determinado delito o criminal considerado socialmente como aberrante mientras que casos notablemente similares o incluso mucho más infames le traen sin cuidado. Hay un elevado número de buenas personas que declaran con firmeza e inconscientemente fingida indignación que todo se arreglaría si unos cuantos etarras amaneciesen muertos en sus celdas. Cualquier otro asesinato o abuso sin etiqueta particular no tendrá el menor eco en sus cabezas huecas en las que como mucho rebotará un “hijos de puta” automático. La sensibilidad es para ellos una convención, un par de sencillas reglas que disparan un determinado comportamiento ante un estímulo concreto sin que el sujeto tenga que molestarse en pensar y sentir por sí mismo. Tengan la dignidad de reconocer cuándo algo les trae realmente sin cuidado, consideren que hay gente que se está vistiendo para ir a un funeral en esos momentos y no se suban al carro por un caprichoso énfasis imitador, por una egoísta solidaridad de cartón. Respeten el dolor ajeno y no se metan donde no los llaman. El día que realmente pueda decir “hoy me podía haber tocado a mí” lo sabrá porque le costará conciliar el sueño y un sólido malestar en las entrañas le quitará las ganas de correr al facebook a dictar sentencia.
En este modelo podemos vernos reflejados fácilmente. Si es así, piense que basta la conjunción de dos o tres circunstancias determinadas para que pueda verse a sí mismo por televisión entre la jauría humana que trata de linchar a Dolores Vázquez a la salida de un juzgado.
A mí personalmente, siempre me ha parecido que conviene mantenerse lejos de estos individuos. Cuanto más lejos mejor.

viernes, junio 26, 2009

El día que murió Michael Jackson

El día que murió Michael Jackson yo fui a trabajar muy cansado, llevaba dos noches durmiendo 4 o 5 horas. Después del curro comí con Muslitos en McDonalds y me compré una cazadora de cuero. Pensé que molaría que me durase toda la vida, que fuese cogiendo cuerpo y cicatrices. Después eché un vistazo al correo y al facebook e hice acopio de valor y voluntad para ir a correr. A la vuelta me pesé, di 80'2 kilos y cené un suculento salmorejo. Vimos el segundo episodio de la primera temporada de Deadwood. Tras un miligramo de melatonina y un par de Tomorrow Stories cerré los ojos a las once de la noche.
A las 6:30 de la mañana, escuché la noticia en la radio del bus de camino al curro. Durante todo el día, como es natural, el mundo no habló de otra cosa.

viernes, junio 19, 2009

La Larga Marcha

A mis 32 años acabo de leer, por primera vez, algo de Stephen King y me ha gustado mucho. Este señor tiene un enemigo implacable en su público, gente que se compra un libro porque se va a la playa estas vacaciones, los que sólo leen lo que algún vago les regaló por navidad o las hordas de adolescentes que consumen únicamente novelas de género. He pasado toda la vida despotricando sobre Stephen King y no pretendo justificarme ahora, simplemente era mi obligación. Ahora que reculo, algunos me han salido con un tramposo y oportunista “ya te lo decía yo”. No se me suban a la parra. Que yo piense ahora distinto no significa que no pudiera tener razón tanto entonces como ahora. De la misma manera, que a esos listillos les gustase hace 15 años no implica que sepan por qué me gusta a mí ahora. Aunque aparte de los listillos hay unos cuantos listos a los he de agradecer que hayan insistido en que lo lea hasta salirse con la suya. Ellos sí que saben lo que es bueno y dónde encontrarlo; yo, con su ayuda, trato de conquistar ahora los remotos reinos del género que desprecié en mi adolescencia pensando que el autor jamás escoge tierras tan asequibles para plantar la torre y desarrollar su alquimia.
La larga marcha es una exhibición intachable de habilidad para la verosimilitud. Una virguería, ejemplar demostración de que el lenguaje bien utilizado puede hacer que el más escéptico comulgue con ruedas de molino, que el más macho se meta un puño y goce. King es uno de esos escritores que dan ganas de escribir, comparte con Dahl la habilidad para hacer que hacerlo bien parezca algo simple y fácil. Supongo que en el caso de ambos lo es; en el mío, escribir mucho peor acaba siendo cada vez más difícil. Cada vez que he cerrado La larga marcha me ha parecido ver a King levantarse plácidamente como Escarlata en una soleada mañana, tomarse un señor desayuno de esos con bacon, huevos, café y una cascada de zumo de naranja y sentarse silbando en el porche con sus esquemitas y su máquina de escribir para terminar a la hora de comer un episodio espeluznante en el que la noche desnuda en una carretera es algo por sí solo aterrador y el amanecer -ese fenómeno horrible que hasta ahora era sinónimo de frío, muerte, frustración y recogida de aceituna- trae de vuelta la vida y la cordura.
Con un poco de oficio, de capacidad para manipular e hipnotizar usando el lenguaje como lubricante, no hace falta desmontar la naturaleza humana para marcarse un personaje tan sólido, auténtico y económico como McVries, el chico sensible de la cicatriz que se sintió como un rufián cuando conquistó el virgo de su chica.
Qué inmensa capacidad de empatía hay que tener para saber ver ciertos momentos de esta historia y no pasar de largo sin advertir sus posibilidades, para convertir los tramos vacíos de la marcha en puntos estratégicos que sostengan todo el recorrido hasta llegar al gran clímax en que la desesperación nubla la mente y ya nada tiene sentido y el abrazo de una novia bien vale la vida. Una vez pasa la embriaguez de este momento, la cordura del protagonista se marchita como un falo se desangra después de eyacular hasta convertirse en una piltrafa babosa y arrugada. Ya sabemos por qué Garraty se alistó en la Marcha y la novela puede morirse siguiendo el mismo modelo, con la sensación de absurdo y vacío que sigue a veces al orgasmo.
A King no le hace falta trabajar de taxista durante seis meses para saber cómo sienten y respiran. Teniendo talento e inteligencia, basta apartar los panecillos de la mesa de fórmica de la cocina para sentarse un día tras otro a escribir, sin sufrir más de la cuenta, una novela magnífica.

martes, junio 16, 2009

Buffy, la cazavampiros responsable

Tras la vertiginosa montaña rusa de la segunda y tercera, la cuarta temporada de Buffy trajo consigo una caída moderada de calidad en los guiones. A pesar de ello, pudimos contar varios grandísimos episodios y una eficacia absoluta a la hora de situar a los personajes en esa época de la vida en que la amistad se evapora, cada cual sigue su rumbo y uno descubre que todo era mentira y que lo mejor ya no está por llegar.

Cuando Xander perdió el fuego mezquino que otorga la envidia y el deseo insatisfecho se vio envuelto en una relación de conveniencia emocional y la tristeza crónica que viene con el primer trabajo y se queda para siempre hizo presa en él.

Willow conoció el sufrimiento y, como el príncipe Siddhartha, abandonó su palacio para entregarse al mundo real y deambular sola e inerme por la jungla en busca de sí misma.

Giles perdió su trabajo e intentó recuperar la vida que había dejado aparcada cuando se hizo vigilante. Entonces se dio de bruces contra esa ley universal que dice que cuando el viaje iniciático termina tu casa no es ya tu casa y uno queda condenado a vagar en busca de alguien que te diga qué hacer cada mañana, de algo con que llenar el vacío, de un espejo que muestre quién eres ahora.

Spike, como perro abandonado, siguió el rastro de no se sabe qué, arrastrado por su propia nobleza a un via crucis humillante e innecesario.

Buffy es cada vez más imprescindible y la responsabilidad la aleja progresivamente de aquellos de los que es responsable, le endurece la piel, hace de ella la Madre, una máquina de matar. Lo que en cualquier otro caso es una máquina de trabajar.

Pero técnicamente los guiones no han sabido sostener a estos personajes en su nivel y los han disuelto en buena medida excepto en el caso de Buffy, aunque la sitúan en el centro de unas tramas mucho más asequibles y carentes de interés.

Tras incorporar nuevos personajes, varios episodios magníficos aislados, alguna exhibición magistral de talento por parte de Sarah Michelle Gellar y un final horrible, el propio Joss Whedon firma un epílogo onírico apabullante en el que fuerzas antiguas trascienden el tiempo y las dimensiones para imponer a la cazavampiros su auténtica naturaleza.

Lo mejor: fascinante Harmony Kendall, el cambio de cuerpos y la influencia cada vez más evidente de Alan Moore.

No deben perderse: "Algo triste", "Silencio", "Trabajo en equipo", "¿Quién eres tú?" e "Inquietud".


La quinta temporada comienza con una obertura muy prometedora al hilo de lo que apuntó el epílogo de la anterior. Buffy se escabulle del lecho tras la llamada de lo salvaje y vuelve a la cama antes de que el amante advierta su ausencia.

A falta de ver la recta final, esta temporada recupera algunos de los bastiones perdidos en la anterior. En concreto, nos trae progresivamente un malvado hermoso y evocador y un objetivo central lleno de posibilidades. Arranca descolocándonos desde el primer minuto y devuelve a Spike gran parte de su grandeza original aunque sigue abusando de él en ocasiones. Willow, Xander y Giles siguen algo perdidos pero recobran todo el vigor en momentos precisos.

Este quinto lote cuenta también con el mérito de haber elevado el record de emotividad y maestría con un episodio determinado hasta una altura que va a ser difícil de igualar. De nuevo Joss Whedon asombra con un episodio que cada vez que recuerdo me pone la carne de gallina y que muestra un doloroso lugar común universal con una crudeza e intensidad insólitas. No sé si alguien lo habrá hecho antes; yo desde luego no había visto ni leído jamás algo como Buffy Cazavampiros, temporada 5ª, episodio 16, “El cuerpo”. Si en los tiempos remotos en que yo era enemigo militante de Buffy alguien me hubiese mostrado este episodio, me habría tenido que comer todas y cada una de las necias y agresivas palabras que salieron por mi boca arrogante. Y si no fuese un spoiler atroz los obligaría a todos ustedes a verlo. Si alguno no se queda patidifuso es un animal.

En definitiva, hemos mejorado considerablemente e incluso cabe la posibilidad de que el clímax eleve la temporada a la altura de los mejores tiempos. De momento ya hemos jugueteado con la fantasía esencial de yacer con uno mismo, conocido “La pata de mono” versión Buffy, vibrado con –pequeño spoiler– la vuelta de la sabia Drusilla, descubierto qué esconde Spike bajo el decolorante, erigido definitivamente a Giles en padre y recibido toda una señora profecía de la primera cazavampiros.

-Love will take you to victory and your gift is... death.

jueves, junio 11, 2009

Risto Mejide y OT 2009

Hay un tipo de espectador de realities que no vota —por lo visto— y que posee esa habilidad que tanto escasea de ver y escuchar, no lo que la gente hace o dice, que por supuesto carece de interés, sino lo que intenta ocultar consciente o inconscientemente. La vida de estos individuos, entre los que obviamente estamos nosotros, era un constante vía crucis de frustración y rabia sin rastro de satisfacción ni justicia poética hasta que Risto Mejide hizo acto de aparición.
El gran Risto, que dice por televisión lo que los hombres de bien gritamos a la tele en casa, es justo y necesario. Risto nos permite personarnos en la gala y dar un puñetazo sobre la mesa, pero también hace algo más importante aún: dividir al mundo entre los que estamos con él y el resto, un magma compuesto de seres grises, lerdos y prosaicos.
Este señor es un virtuoso ejecutor de ese exquisito instrumento llamado punk. Punk de alta costura, el de primera división —y atención porque podría estar asentando la definición de punk—, aquel que se sabe por encima de la máquina, se agazapa, observa, se le acerca zalamero, se infiltra en sus entrañas, se agarra con fuerza y la hace trizas desde dentro de un solo golpe; entonces la máquina percibe una irritación que no es muy capaz de explicar y localizar, y se defiende dando palos de ciego o bien de una manera algo más digna, reconociendo al héroe. Lo demás, el punk de uniforme, de costra y rasta, asustaviejas y marginal, también es necesario aunque se trata de mediocre segunda división y, a menudo, sirve de guarida y disfraz a cierta morralla acomplejada a la que le dio por los imperdibles como le podía haber dado por el colgante de tous.
Mejide ha llevado el high punk hasta el prime time, como viene haciendo durante décadas Pedro Almodóvar, aquel que puso la verdad sobre la mesa de casas reales y ganó óscars indultando violadores. Yo, que de momento me cuento entre las filas de los punkies de segunda, me declaro ferviente admirador de ambos y aspiro a pasar a primera antes de que llegue mi hora.
Lo mismito que pasa con Almodóvar, al que ningún actor español cita entre sus directores favoritos aunque estén dispuestos a comerle el coño a sus madres en público por un papelito en su próxima peli, pelis que no gustan a los que curiosamente corren como alma que lleva el diablo a sus estrenos; lo mismo, digo, le pasa a Mejide. Todos los concursantes, profesores y hasta azafatas de OT irrumpen en la gala cero con la intensa ilusión de gustarle a él, conscientes de que todo lo demás es nada. Cuando por fin llega la hora de que Risto se pronuncie sobre ti, tragas saliva, sudas como puerco y sólo tienes oídos para su boca. Si Risto levanta el pulgar, la felicidad te inunda y el público, que ya ha aprendido que su opinión es la que cuenta y que podemos confiar a ciegas en su lucidez e inteligencia, está para siempre de tu parte. En cambio, si él te condena, volverás a la academia triste, sabiéndote una mierda, y tratarás de aliviar tu amargura formando legión y repitiendo esas gilipolleces sobre las maneras y los límites. Y seguirás deseando e intentando sobre todas las cosas que Risto cambie de opinión mientras finges que no te importa y que no sabes que lo que te ha dicho es verdad.
Hacía falta un poco de justicia en la tele, alguien que ponga en evidencia a los feligreses de lo políticamente correcto, que diga que el que agrede casi nunca es el agresivo, sino el que tiene que medir sus palabras, el que no es capaz de reconocer su mediocridad y se defiende automáticamente sin antes pensar que a veces lo mejor es callarse, el que toma parte en la ceremonia del reparto del pan de los mediocres, el que no lee entre líneas si no le interesa. Alguien que ponga en su sitio al adalid de la idiotez consentida que es Jesús Vázquez y a ese ejemplar de botarate pianista que hay en todas las familias y por culpa del cual hay que soportar un molesto piano en el salón sobre el que poner las fotos de comunión, Manu Guix.
Si es que hasta lo encuentro cada vez más atractivo. ¡Gracias, Risto Mejide!

Y para terminar voy a jugar a ser él y decir a cada cual lo que todos ustedes estaban pensando.

Samuel. Eres muy paleto y además eres incapaz de disimularlo. Basta ver tu cara para figurarse que eres el chico de pueblo que miraba melancólico cómo se marchaban los veraneantes al final del verano. Además da lo mismo oírte cantar o no. Aburre hasta valorarte. Vuelve a tu pueblo, seguro que hay curro en la panadería junto a la gasolinera.

Patricia. Con decir que estás liada con Samuel está todo dicho. Sacudes una higuera y caen dos docenas de éstas.





Alba Lucía. Esta chica es normal y tiene sentido del ridículo, de manera que da lo mismo que cante de maravilla y que tenga una mirada espléndida que cada vez le cuesta más sostener, pues se sabe rodeada de imbéciles y no se encuentra a gusto. Se está hundiendo y ya nadie espera que levante cabeza, entre otras cosas porque en esa escuela todo el mundo te dice lo que tienes que arreglar, pero nadie te dice cómo. Parece mentira que hayan tenido que transcurrir 7 ediciones para que alguien lo verbalizase. Ella solita lo hizo y me ganó para siempre. Que alguien le diga que deje de apoyarse el micro en la barbilla, por Dios.


Cristina. Es el gran puff de OT. En la gala cero cantó bien y prometía, pero está demostrando ser completamente impermeable y no tener nada que decir. Lo peor es que tiene toda la pinta de seguir así cuando tenga 40 años. De hecho, ya tiene aspecto de tener 40 años, y creo que se debe a su estulticia, más propia de una señora sin educación nacida en los años 30 que de una adolescente. Estamos hartos de oírte cantar como Martes y 13 imitando a Tina Turner y eres incapaz de hacer otra cosa. Vete.

Rafa. ¿Se puede saber quién o qué te sugirió la idea de que te pusieses a cantar? Cualquiera puede ver que no te ha llamado el Señor por este camino. No hay mayor representación de lo absurdo o lo impertinente que tu persona sobre un escenario. Apártate de mi vista.


Ángel. Se trata de un muchacho tremendamente desagradable en todos sus aspectos. Físicamente se asemeja a alguien que hubiese vivido una guerra en su infancia, concretamente la Guerra Civil Española. ¿No es una especie de niño cantor del régimen? Con ese cuerpoescombro y esas orejas trompeteras, con esa cara antigua que no puede controlar llena de roales colorados como de haber pasado mucho frío por los caminos de España y esa manera de hablar tan soez y tan terriblemente perezosa. Sus gestos son una galería de mohínes grotescos. Ese repullito de hombros, ese sujetarse la solapa de la chaqueta, ese mirar a un lado, asomar fugazmente la lengua y cerrar los ojos con vehemencia, esa voz aguda e irritante como el llanto de un bebé. El otro día apareció su madre durante un segundo y bastó para explicarlo todo, qué mezcla concentrada de ignorancia, zafiedad y ruido. El mozo además es una alhaja para cualquier familia; vago, tonto, gritón, no sabe escuchar y no conoce la autoridad. No tiene cultura, pero buen gusto tampoco. Opina que Luis Miguel es el mejor, motivo que debería ser suficiente para despojar a cualquiera de los derechos que se reconocen a los seres vivos.

Silvia es la que mejor canta y la que tiene una voz más particular y más bonita. El problema es que es muy antipática y, como parece indicar el hecho de que le guste Ángel, completamente imbécil. Alguien debería decirle que, aunque efectivamente sea madura para su edad, ni eso es bueno ni la ayuda estar repitiéndolo constantemente.

Elías tiene un serio problema con su educación. Es completamente analfabeto, con todo lo que ello implica. Es incapaz de figurarse las letras que componen una palabra la una tras la otra, de manera que cada vez que tiene que aprender a pronunciar algo en castellano elemental se ve como el que se tragó la trébede. El lenguaje oral es otro de sus puntos débiles en cuanto se utiliza un vocabulario adecuado para expresar acciones abstractas. El resto de concursantes pueden darse con un canto en los dientes, porque es el doble de listo que todos ellos juntos y si no fuera por su ignorancia habría ganado el concurso ya en la segunda gala. Elías es más listo que los ratones coloraos, y viendo que apretando el botón cae la galletita ha decidido apretar el botón hasta que se le caigan las patas. Ahora, con el apoyo de Risto, no habrá quien lo eche. Esperemos que dejen de caer galletitas a ver cómo se las ingenia, porque empieza a cansar.

Mario, pobrecito. Mario es simple. Pero simple de pedirle una pensión. Le da lo mismo Prodigy que Robbie Williams que Jeff Buckley que Emilio el Moro que Conchita. Todo lo hace igual y todo le gusta porque por un oído le entra y por otro le sale sin dejar la menor huella en su intelecto. Si le ponen un baile se descoyunta, y como no se da cuenta de que hace el ridículo lo flipa a tope. Carece de maldad por completo, por lo que despierta una ternura como de tonto del pueblo, de inocente responsable al que dejarías al cargo de tus hijitos por una noche. Las chicas lo tratan como un osito de peluche, estoy seguro de que se cambian delante de él, sabiendo que el pobre mirará a otro lado. Como ya saben que en este blog sentimos debilidad por la mezcla de bonhomía y tontería en el hombre, no hace falta que lo digamos, nos lo apretaríamos conforme sale de clase de batuka. El angelito, como corresponde a su capacidad intelectual, no sabe lo que es el sentido del humor, lo que hace de él un ser cansino y aburrido.

Diana me caía bien, pero es una pavisosa y la habrían echado el primer día a no ser porque Risto tuvo la buena idea de sugerirle que apelase a los votos de sus paisanos, a los que les gusta sólo por haber nacido en el mismo lugar que ellos. Burgos debe ser un lugar idílico en el que no hay violencia ni injusticia y los vecinos se ayudan y sonríen constantemente como los individuos en las estampas del Paraíso de los testigos de Jehová. En cualquier caso, deberían haber salido antes cualquiera de los chicos, que son todos una panda de cafres menos Elías y Mario, que no cuentan entre los chicos a juzgar por la reacción de las mujeres todas.

Brenda Miau no desafina jamás, pero la pobre es tan fea que está condenada al fracaso en todo lo que emprenda. Además cada semana parece más bollera y hace pensar que hay alguien con poder de decisión en ese programa que odia a su raza y se está ensañando con ella. También tiene una voz imposible de recordar ni de reconocer entre cualesquiera tres voces que escojas al azar. Que deje de perder el tiempo.

Jon es la mugre del mundo. Es ese tipo que todos hemos conocido en la facul o en el curro que va de serio, de legal y competente. Sus amigotes lo veneran y se echa una novia que puede pasar por guapa y que está claramente por debajo de él y que se queda extasiada por cualquier cosa que él haga o diga. Su interpretación de Bohemian Raphsody es una de las peores que han acontecido sobre la faz de la tierra junto al duo Alaska-Marta Sánchez de los 40 principales. Además está enchufado, cosa que ya se rumoreaba desde los castings, antes de que Risto lo denunciase. Que se muera.

miércoles, junio 03, 2009

La familia de la Mamen

            -Mi madre no se figura de ninguna de las maneras que soy bollera -decía espatarrada en un taburete, fumando Bisonte con un ojo entornado por el humo-. Y además no se lo puedo decir, porque padece del corazón y me la cargo del susto.
La Mamen, que ya en el colegio era conocida como Conan, solía contar una y otra vez cómo su madre había sobrevivido al traerla a este mundo a pesar de su terrible lesión cardiaca.
            -Yo le salvé la vida a mi madre naciendo de ocho meses. Se lo dijo el médico después del parto: "Mire usted, si llega a nacer de siete o de nueve se queda en el parto. Lo cuenta porque ha nacido de ocho". Desde entonces la pobre está muy delicada y no podemos darle disgustos.
Si estaba borracha o frustrada por cualquier asunto que el sentido común solía ponderar casi siempre en menor magnitud que ella, desviaba la narración hacia la historia de su hermano Daniel, que murió a los tres días de nacido y dejó a su madre lista para los restos.
Esta historia le venía divinamente para cortar el rollo o hacerse la víctima en distinta medida intensificando la narración en función de las necesidades pertinentes. Los conocidillos o desconocidos que pillase de por medio querían que se los tragase la tierra ante el ambiente funerario que creaba en un santiamén, pero los que ya la conocíamos nos hacíamos cruces de la cara tan dura que volvía a demostrar o, si nos pillaba poco quemados, crujíamos de risa. Ella suspiraba y se mostraba víctima resignada de nuestra crueldad alimentando aún más la leyenda que precedía a nuestros nombres.
El caso es que Daniel nació en balde dos años antes que ella, y de haber estado vivo, las cosas habrían sido de otra manera. ¡Él sí que la hubiera comprendido y defendido! ¡A él si que le hubiera contado sus locas historias lésbicas! Pero una vez más la desgracia hincaba el diente en su desdichada persona arrebatándole al único miembro de su familia que, con toda seguridad, habría estado de su parte.
A decir verdad no fue el único. La de la guadaña había pasado dos veces más por su hogar. Primero a por Daniel, después a por Canelo y finalmente a por el periquito.
Yo no llegué a conocer al perro, pero su desaparición fue una tragedia terrible. Talmente como si se hubiera muerto otro hijo. No les digo más que el perro jugaba con la Mamen a la ronda y le ganaba. Cuando uno de nuestros amigos perdió a su tía, a la que quería más que a su propia madre, la Mamen le dijo:
-Yo sé cómo te sientes porque cuando se murió mi perro yo pasé por lo mismo.
Lo juro.
Lo del periquito sí que lo viví en primera persona. Nos fuimos una noche de marcha a Torremolinos y volvimos el día siguiente por la tarde, como puta por rastrojo. Al poco de llegar a mi casa sonó el teléfono. Era ella.
            -No veas el cuadro que me he encontrado al llegar a mi casa. Mi madre mala, mi hermana llorando, mi padre también... -dijo intentando aprovechar la resaca para darle a su voz tintes de emoción.
            -¿Qué ha pasado?
            -El periquito, que se ha muerto.
            -Prrfffff -ahogué como pude la carcajada y continué-. ¿Cómo ha sido?
            -Le ha dado una neumonía.
            -¿Una neumonía? ¿Y cómo lo sabes?
            -Se lo ha dicho el veterinario a mi hermana.
            -Vaya por Dios. ¿Salimos esta noche?
            -Yo no puedo ir a ningún sitio, a mi madre le ha dado un ataque de ansiedad y a lo mejor la tenemos que llevar a urgencias -dijo en tono severo, indicando que mi oferta resultaba ofensiva en semejantes circunstancias.
            -¿Por lo del periquito?
            -¡Pues claro! El periquito era como un miembro más de la familia.
Conseguí colgar y meterme en la cama por fin, pero no dormí mucho. Más tarde me llamó y esa noche salimos, por supuesto. El ambiente en su casa era tan fúnebre y deprimente que no le quedó más remedio que salir porque de lo contrario iba a enloquecer. A su madre al final consiguieron tranquilizarla un poco y no hizo falta llevarla a urgencias.
Le contó a todo el mundo la muerte del periquito y por qué era tan especial. El periquito daba besos cuando se lo pedías, y si lo sacabas de la jaula y le decías “a dormir”, iba él solito, se volvía a meter dentro y se cerraba la puerta con el pico. Llegó un momento que no pude aguantar más y me descojoné de risa. A ella le sentó fatal, se mostró muy afligida e hizo ver a los presentes cuánta paciencia tenía conmigo, que me reía de un drama tan doloroso.
Afortunadamente, los presentes ya se habían dado cuenta de que estaba loca y no me tenían por un hijo de puta sádico despiadado aunque le siguieran la corriente.
Su hermana mayor, cuyo nombre no recuerdo, porque la Mamen siempre se dirigía a ella como “mi hermana”, era también todo un personaje. Se casó con 20 años, más o menos, y se divorció a los tres meses. Entonces volvió a vivir con sus padres y se dispuso a terminar la carrera de magisterio. En su cuarto colocó un póster de Alejando Sanz y pareció tal cual que nunca había dejado el nido paterno. Entre ella y la mamen tenían una paga de 60.000 pesetas al mes. Sin contar la gasolina, la ropa y otros gastos.
Jamás caminaban, iban a todas partes con el coche de su padre o bien con la furgoneta del curro, y la gasolina no se financiaba con la paga mensual. El depósito lo dejaba lleno su padre cuando podía, y cuando hacía falta repostar, guardaban la factura para cobrárselo después. Lo mismo sucedía con la ropa (se compraba los elásticos Rock negros de cinco en cinco, lo juro también) y otros artículos o servicios como los fascículos con VHS de Tarzán de la hermana o la visita semanal al psicólogo de la Mamen.
-Mi padre tiene una empresa de construcción –solía contar.
Lo cierto es que tenía un negocio de chapuzas y reconstrucciones y vivían bien, aunque no lo suficiente como para poder permitirse no ejercer de peón. El pobre infeliz iba siempre con el mono lleno de escayola y cemento con la esperanza de que el par de sanguijuelas que había engendrado dejasen algún día de sorberle el alma.
Al pasar los años, la Mamen seguía sin acabar el bachillerato y su hermana no aprobaba las oposiciones ni encomendándose a Santa Rita, de manera que decidió hacerse guardia de seguridad y se apuntó a clases de tiro. También se echó un novio camarero que aparentaba cincuenta años.
-No es mayor, lo que pasa es que trabaja en la noche y está cascadillo.
Una noche de fiesta, tras la boda de una prima suya, aprovechó el valor que otorga el alcohol y que la Mamen andaba por ahí borracha vestida con un traje de raya diplomática, el pelo decolorado y un puro encendido en la boca para preguntarme si su hermana tenía algún novio o sucedáneo. Supongo que no era tan tonta como el mundo pensaba y que esperaba que alguien le contase de una puñetera vez que nos pasábamos la vida en los bares de ambiente.
El cabeza de familia tenía más años que un olivo, pero el pobre no podía jubilarse porque las niñas no acababan de rematar su carrera. Habría que decir que desde que la Mamen empezó el bachillerato hasta que se matriculó en la universidad pasaron más de trece años, y cuando por fin lo consiguió, fue en una universidad privada lejos del nido familiar, lo que obligó al pobre pensionista a seguir currando en negro para dar una educación a su hija menor. Por algunas de las escenas que presencié, no tengo muy claro si era un pobre desgraciado secuestrado en su propia casa o un pusilánime que se merecía todo lo que le estaba pasando.
Una tarde que estaba echando la siesta plácidamente en su sofá, la Mamen lo despertó de un berrido tarzanesco y le ordenó irritada que se largase porque ya venían sus amigos para celebrar su cumpleaños; mira que se lo había dicho con tiempo... En otra ocasión dispuso que pintase su dormitorio de morado claro con purpurina. En plena faena, la Mamen le cambió el rodillo por una cámara de fotos, se hizo retratar como si fuese ella la autora de la obra maestra y acto seguido le ordenó que continuase. Más de una vez, el señor tuvo que esperar hasta bien entrada la mañana a que su hija volviese de marcha con la furgoneta para poder irse a trabajar. Ni en una sola ocasión tuvo la menor objeción o reproche. Sencillamente ponía una cara de resignación propia de perro lazarillo y obedecía lentamente y arrastrando los pies.
La que sí protestaba era la madre, pero de poco le servía. Siempre recibía como respuesta algún bocinazo y un recordatorio de que el psicólogo había ordenado que hiciesen lo que ella dijese. Así, por prescripción facultativa, se hacía en aquella casa lo que a ella le salía del mismísimo coño.
Lo peor de todo es que cuando la frustración y la borrachera se daban cita en su persona, era probable que le diese por llorar y confesar que en su casa la maltrataban. Su madre la despertaba dándole con el palo de la escoba, y su padre, ahí donde lo veíamos, practicaba una sibilina manera de tortura psicológica de la que era buen ejemplo el ruido atronador y deliberado que hacía cada mañana al mover el café con una cucharilla.
Hace ya muchos años que me quité de en medio, por lo que la información de la que dispongo no es más que una recopilación de inferencias y conjeturas construidas con lo que he ido arañando de myspaces y facebooks. Esto es lo que sabemos:
-La madre sigue viva y, por lo que hemos podido ver en alguna foto, conserva la salud necesaria para satisfacer el tradicional capricho navideño de su hija y preparar los suculentos rollitos de jamón cocido rellenos de huevo hilado que tanto gustan a la Mamen. 
-El padre pudiera ser que haya conseguido jubilarse realmente debido a la situación económica de sus hijas. Aunque también es posible que no. Debe tener unos 70 años.
-La hermana aprobó las oposiciones o se casó otra vez, porque en algún momento abandonó el hogar paterno. Cabe la posibilidad de que haya regresado en algún momento por lo que quieren insinuar esas fotos navideñas en las que no hay rastro de consorte.
-Hay un nuevo miembro en la familia. Es un niño (creo) y es el sobrino de nuestra heroína, que pregonó su nacimiento a los cinco continentes. Creo que las dos veces al año que baja a la Chana, se retrata con su sobri del alma, que sale con cara de quién es esta bollera, y lo cuelga en el myspace.
-La Mamen acabó por fin la carrera en el año 2006 o 2007 y trabaja en una empresa que vende artículos sin utilidad por internet. No tengo ni idea de si ha conseguido la independencia económica y algo me impulsa a creer que no ha sido así. No he vuelto a saber de ella desde aquel episodio de malos tratos que próximamente les contaré, aparte de una invitación al karaoke por sms.
               -Ahora soy fem –me dijo la última vez que hablé con ella por teléfono.
               -¿Y eso qué es? –contesté yo viéndolas venir.
          -Pues una lesbiana que no parece lesbiana. Ya sabes que yo siempre he ido un poco basta. Pues ahora me he vuelto más femenina.