viernes, agosto 26, 2011

La piel que habito

Cuando un narrador tiene el talento de suspender la credibilidad a dos metros sobre el suelo mientras se aprieta un plato de migas pedaleando sobre un monociclo, los géneros se le derriten entre las manos; hincan rodilla en tierra y se ponen al servicio de la historia y de los personajes. Desaparecen.
Es en estos casos cuando uno puede acercarse a algunos de ellos con temeridad, atreverse a echar mano de lo sobrenatural o inverosímil, a ponerse por montera lo imposible y romper las reglas de la física y de la lógica. Opino que cuando tienes algo que contar, abandonar a tus personajes en otros mundos donde el agua no se derrama necesariamente hacia abajo y observar cómo se las apañan es un ejercicio fascinante y provechoso. El terror o la ciencia-ficción son escenarios espléndidos para poner a los personajes en ciertas tesituras más que deseables para cualquier autor que se precie.
Almodóvar siempre fue un domador de géneros; los engatusó cada vez que le vino en gana y siempre acabó doblegándolos y enclaustrándolos en un harén donde reinaba una clara favorita —fue a Woody Allen a quien escuché decir de él que era el único que mantenía con vida almelodrama—. Desde el principio coqueteó con el fantástico. La primera vez, al menos en mi memoria, fue con aquel mad doctor de "Laberinto de Pasiones" que inventaba una revolucionaria cura para la esterilidad de la mujer, después vinieron historias de monjas devoradas por caníbales y niños salvajes criados por los monos, extraordinarios casos de telequinesia, desvanecimientos visionarios, gitanas quirománticas e incluso he oído hablar de algún milagro en el que andaban implicados el Cristo de Medinaceli y un ciego.
El fantasma de medianoche”, el subproducto de terror de Máximo Espejo, me provocó una súbita erección de colmillos, pero no volvimos a pasearnos por estos parajes hasta el serial killer y la reportera cyberpunk de "Kika". Y que me infibulen si Lola de "Todo sobre mi madre" no es el Conde Drácula versión shemale. Parecía que en “Volver” el fantástico prevalecería sobre el resto de ingredientes del cóctel, pero el asunto se resolvió con una resurrección racionalmente explicable. La historia de vampiros que improvisan un guionista ciego y su lazarillo en "Los abrazos rotos" se transmitía de manera oral, sin llegar a materializarse.
Cuando pensaba que nunca llegaría el día en que una de sus pelis articulase la historia principal sobre los cimientos de lo imposible me encuentro con "La piel que habito", un desfile que parte de la liturgia pura e ingenua de la ciencia ficción y el horror de laboratorio; atraviesa el noir, el melodrama, el culebrón y el thriller; ofrece alguna ligera concesión a la comedia; evoca las historias de familias endogámicas de rednecks disfuncionales psicópatas y hasta las sitúa en la casa de Bernarda Alba cruzando a la Poncia con Mrs. Danvers. Si encima les digo que la suma de todo ello da lugar a una película de superhéroes —¡!— comprenderán que haya salido de la sala exhausto, emocionado, feliz y satisfecho.
Lo insólito es que se puedan tocar todas las cuerdas sin perder la identidad ni abandonar por un plano el propio lenguaje; sin que el espectador acuse cada una de las mutaciones de género y material que conducen a esa espiral suave, infinita y brillante que rubrica el puzle una vez completo. En eso consiste el superpoder de Almodóvar, y creo que en esta ocasión la apuesta ha sido definitiva y el resultado todo un éxito. Porque la película funciona y tiene espíritu, lo que quiere decir que consigue el caldo de cultivo necesario para que el espectador encuentre cobijo, baje las defensas y se deje arrastrar por la corriente.
Veamos. Nuestro Mad doctor quiere vengar a su hija y después recuperar a su mujer reencarnada en el violador de aquélla. A su vez, el hermano, el Hombre Tigre —que le robó a su esposa y la llevó a la muerte arrastrando también a la hija— viola de una tacada a la resucitada, al violador y, mediante la propiedad transitiva, posee también a la hija ante los ojos de la abuela atada y amordazada. El Mad Doctor asesina a su hermano y con él manda al infierno al último soplo de vida del violador de la hija, que emerge del capullo completamente transformado en la mujer muerta, como si ella nunca lo hubiese abandonado, como si el fuego no lo hubiese destruido todo. Un mórbido caleidoscopio que parece empeñarse en reflejar a unos personajes en los otros hasta fundirlos en una sola bestia con mil ojos.
Pues bien, la otra gran sorpresa ha sido que en esa jungla de locura, violencia, barbarie, violación, traición, necrofilia, blasfemia y destrucción Almodóvar sea capaz de conservar intacta la atmósfera luminosa, justiciera y libre en la que se desarrollan sus historias. Que su poder comprensivo y redentor funcione incluso sobre esta Liga del Mal: Mad Doctor con cohorte de cirujanos oscuros, el Hombre Tigre y la misteriosa ama de llaves con la locura en las entrañas —menuda imagen la de esa mujer fría y misteriosa recogiendo las sábanas empapadas con la sangre de su hijo—. Que la luz, partiendo de un pequeño punto perdido en una oscuridad tan densa sea capaz de crecer cada vez más hasta lograr la intensidad cegadora que alcanza en ese final limpio y emocionante.
Otro momento impagable es el abrazo en el que se intercambian los papeles de cazador y presa. El rostro de Banderas completamente rendido e indefenso, rima consonante de aquel otro abrazo y aquel mismo rostro en un espejo hace veinte años en "Átame". Emoción y metaemoción; sube la apuesta. Es el momento bisagra que da lugar a otro clásico almodovariano, el relato-flashback —esta vez a través de la boca de Marisa Paredes y los ojos de Elena Anaya—, y abre paso a la segunda parte de la película, donde viajamos al interior de las mentes del supervillano y la superheroína para conocer el germen de esta lucha antagónica. No hay historia de superhéroes sin esta regresión.
Es el turno de nuestra heroína, que cumple incluso con la regla básica de vestir máscara y uniforme superheroico y que persigue a la vida en una terrible carrera de fondo. Vida que se vio interrumpida al cruzarse una noche desgraciada con la hija del supervillano. Esa misma noche recibe la picadura radiactiva que desembocará, aunque él no lo sabe, en la transformación radical de su cuerpo, en la desposesión absoluta.
La tercera gran sorpresa es la actitud generosa y contenida de los actores. Se mantienen en un segundo plano, leales, siempre al servicio del tono de la historia, renunciando a ejecutar malabares sin red mucho más espectaculares y probablemente mucho más provechosos para su propio interés, remando en la misma dirección. Entre ellos me conmueve especialmente Jan Cornet. Derrotado, subido a una silla, mirándose a un espejo, conforma una imagen inolvidable que me perturba y me llena de ternura.
Cornet pasa el testigo de nuevo a Elena Anaya, ahora en forma de femme fatale. El beso entre ambos es uno de los momentos más bellos de la película y aún me emociona recordarlo.
El conjunto es un compendio absoluto, una vuelta al Almodóvar clásico pre-óscar y un ejercicio impregnado de la sofisticación reciente; un collage construido exclusivamente con materiales propios que resulta en un laberinto de homenajes e influencias ajenas; la punta de un iceberg que se promete inmenso y que pide, como toda buena historia de superhéroes, una precuela —¡queremos conocer la historia de Marilia!— y un spin-off —¡necesitamos asistir a la nueva vida de Vera!
La piel que habito es un regalo. Una joya marciana, insólita y temeraria. Un lujo encontrarse con semejante apuesta, dar con alguien empeñado en contar historias con tal desmesura y falta de pudor. Ya se sabe que no hay nada que el amor de un loco no pueda conseguir.