miércoles, noviembre 24, 2010

La Periquito

Un soleado día de primavera apareció en clase una chica nueva. Bajita, pelo largo y castaño con mechas calabaza, vestida con botín y vaqueros, con su camisita y su canesú bajo jersey de pico, abrazada a una carpeta con esas fotos de bebés chistosos. Todo en ella era una guerra entre lo pueril y lo adulto, un duelo entre coletas y bolso de estribo, un puchero de Nenuco y Nº5 que sólo alcanza resolución en el terreno de lo cursi; una mujer que parecía una niña disfrazada de señora. Su rostro portaba el torrente de colores y sabores del otoño en el bosque: labios morados, pómulos marrones, párpados naranjas y rabos egipcios sobre cenagosa base terracota. Y bajo estas pinturas de loro guacamayo, una cabeza rolliza, como albaricoque sin hueso. Lo único en aquella cabeza que permitía hablar de faz eran unos ojos hinchados y almendrados como de recién nacido, pegados con velcro sobre la esfera, junto a una nariz respingona y unos labios acuosos, puestos como en un muñeco de nieve. La breva acababa cayendo del lado grotesco y desde aquel momento no me he vuelto a preguntar por qué no visten y peinan a los disminuidos como personas adultas y normales.

En cualquier caso, hablaba sin dificultad, disipando así la sospecha en un par de encuentros, tras los que acababa por resultar una chica bajita y normal, aunque un poco hortera. Por su tamaño y colorido, así como por su fisiognomía endogámica, fue bautizada como la Periquito.

Pasó el tiempo y un día, sentado en clase detrás de ella, viendo cómo balanceaba los pies, que no le llegaban al suelo, y subrayaba los apuntes con nubecitas de tres colores, alguien me contó su historia. La Periquito vino a clase con nosotros en primer curso, si bien por aquel entonces debía de ser invisible pues nadie la recordaba. Le habían diagnosticado una enfermedad mortal sin remedio, de manera que lo dejó todo. Luego resultó tratarse de un error médico, se curó de lo que fuera que tuviese, volvió a clase y consiguió el mejor expediente de la promoción.

Ni el ingenio, ni la rapidez, ni la curiosidad, ni la inteligencia tuvieron mucho que ver con su éxito académico. En la conversación era una chica tibia y ajena por completo a la sorpresa, difícil de emocionar y de estimular si no era empleando un lenguaje prosaico y siguiendo los caminos ortodoxos. Era alguien para quien no existe lo implícito, poco aficionada a mirar, enemiga de misterios y sutilezas. Tal vez a consecuencia de su baile agarrado con la muerte, hizo del trabajo su principal arma, y batió a los principales gerifaltes académicos de la promoción en una carrera que no le interesaba particularmente. A la pobre le dio por estudiar, y aprovechó su segunda oportunidad a base de exámenes teóricos impecables y prácticas desastrosas enterradas en montañas de documentación.

Piensa uno que cuando el médico te da seis meses de vida aprendes a distinguir lo accesorio de lo esencial, a no invertir en zarandajas, a exprimir, osar y gozar; que la vida te cunde como si fueran siete, que la proximidad del abismo te otorga una manera de mirar, algo que contar… pues no. La Periquito era de las que, en el momento de salir a escena, escogieron la píldora azul en lugar de la roja, y eso no lo arregla ni un susto que te dé la muerte ni Cristo que la fundó. Hablar con ella de cualquier asunto que trascendiese la superficialidad más inmediata la mostraba en crudo como el interlocutor más práctico e impermeable, un extraterrestre, mí no hablar tu idioma… Sin embargo era capaz de asimilar los fundamentos físicos de los computadores, de catalogar problemas sin resolver en clases de complejidad, de conseguir un hueco en cualquier departamento de la facultad, de hacerse con todo lenguaje mecánico y gris. Es curioso que exista una inteligencia tan dedicada, audaz para lo que está muerto y ciega para todo lo que importa y alimenta, ajena al ímpetu, la retórica, el atajo que atraviesa el bosque, el misterio y el temblor.

Su mente renacida no podía concebir que hubiese alguien en el mundo que encontrase fea a Jennifer López.

–Pero bueno –decía–. Si Jennifer López te parece fea, ¿entonces nosotras qué te parecemos?

Yo trataba de explicarle –error– que me parece horrible el concepto “occidentalización quirúrgica”, al que se someten individuas de ciertas razas, que sólo tras pasar por intensivas capas de bisturí, pintura y fotografía acaban pasando por sex symbols interraciales procesados. Estas Rigobertas Menchús transformadas en putaco latino de Frankenstein. Que me enciende que nos hagan comulgar con estas trébedes y se acaben saliendo con la suya y que esto es lo que yo venía a decir cuando me metía con Jennifer López.

Ella me miraba atónita, con un poco de vergüenza ajena, tratando de asimilar el hecho de que alguien se hubiese plantado delante a escupirle un discurso en ese idioma que sale en los libros y en las películas pero que en la vida real resulta ridículo, que tuviese el atrevimiento de manejar semejantes términos en público, como si de repente hubiese sonado una orquesta de la nada y yo me hubiese arrancado a cantarle mi explicación acompañado por un cuerpo de baile. Jennifer López, en la portada de aquella revista estaba guapísima, y hasta ahí estaba la Periquito dispuesta a llegar por ese camino, todo lo demás era impostura y afectación.

Como la sirena que anuncia el final de la clase sonó en su cabecita una voz salvadora que le recordó mi inclinación sexual, recurso que le valió para recuperar la paz y dar final feliz a tan turbadora conversación:

–Claro, es que tú…

No era el trabajo lo único que animaba su pequeño ser. La Periquito era de tener novio, y toda la liturgia y actividades que gravitan alrededor de la caza del macho la entusiasmaban. Era infantilmente coqueta, cuidaba su aspecto y salía por ahí con sus amigas hasta que conseguía un chico con el que pasear de la mano y del que hablar cuando las chicas se reúnen. Hubo una época en la que se emparejó con un mozuelo más joven que ella y con aspecto de ser poco más inteligente que un pastor alemán. Se presentó en un par de botellones con él de la mano, el elemento hablaba por la nariz y dejaba claro que la lista era ella. Lo bautizamos automáticamente como el Boxeador, y hubo gran regocijo acerca de aquella pareja tan aparentemente insólita.

Me contaron que el Boxeador se había presentado un día en la facultad, dispuesto a partirle la cara a un compañero de clase que le había dicho a la Periquito “¿cuándo se va a morir tu novio, tía?”. Tuvieron que reducirlo y aplacarlo como a una fiera para que se marchase de allí. Qué jugoso fue especular sobre las razones por las que una chicha a la que se le suponían dos dedos de luces había ido corriendo a contarle a su novio sonado que un compañero de clase al que veía a diario le había dicho aquello. Todos pensamos que estas pequeñas sorpresas no se habrían producido de no haber sido por aquellos días salvajes en los que había estado muerta.

Y ahí donde la ven, resultó ser una rompecorazones. Dejó al boxeador por otro al que nunca le eché el ojo, y a este otro por Rulos, que era otro de los empollones de la promoción, un chico el doble de alto y de guapo que ella. Ver a los chicos reaccionar y rendirse ante las dotes seductoras de aquel cataplasma resultaba sorprendente una y otra vez. Un misterio…

Quizá también fuese cosa de la muerte. Tal vez este entusiasmo pizpireto que los chicos insuflaban en su espíritu y que en la mayoría de los chicas es natural, fuese en ella producto de su incidente. Tal vez fuese su capacidad de trabajo la ganancia que sacó del negro encuentro. O tal vez el miedo pasó por ella sin dejar rastro, puede que no hubiera viaje iniciático alguno. Desde luego, si buscabas a alguien que hubiese regresado del Infierno con el Sentido del Universo en su poder, este no era el caso.

La noche que conocimos al Boxeador, Jennifer López salió en la conversación. Yo hice algún comentario sobre ésta y otras falsas guapas a las que representa. El Boxeador me miró asombrado, como si hubiese visto a un marrano conducir una bicicleta. Entonces la Periquito se tapó la boca como el que va a toser, se inclinó un poco hacia él y sin dejar de mirarme le susurró algo.

-¡Aaaah! –contestó él relajando la expresión de asombro y mirándome también.

Y yo, que estaba completamente borracho, pensé: “tal vez ese diagnóstico no estuviese tan equivocado después de todo”.

5 comentarios:

Vargtimen dijo...

Grande, muy grande. Escribes cada vez mejor. La descripción de La Periquito dan ganas de releerla varias veces. A ver si escribes más a menudo, hombre, que aún quedarán muchos compañeros de instituto y facultad y sobre todo muchos chaneros a los que retratar.

Crean dijo...

Pues por si no lo sabías y te dé más que pensar: el Rulos tenía reconocida una minusvalía física.

Crean dijo...

A ver si adivinas cual.

W dijo...

¡Gracias!
¿Minusvalía? Mmmm... era tartaja, pero eso no es, ¿no?

Ra está en la aldea dijo...

Bravo.
Pido más a menudo capítulos de memorias y semblanzas de gente que está muerta por dentro.