domingo, mayo 02, 2010

Para todos los públicos


Cuando era pequeñito, mi hermana me llevaba al cine de vez en cuando.

Mis padres eran de esa clase de padres que crecieron trabajando en el campo y bajando a cagar al corral, así que nunca íbamos al cine ni a ningún sitio. Cuando yo nací eran ya mayores y mis hermanas tenían 13 y 15 años. Representaron desde el principio un papel híbrido entre madre, hermana mayor y canguro que resultaba para cualquier mente virgen tan divertido como confuso. Me travestían, me llevaban de paseo, me empleaban como carabina, me preparaban ricas comidas, se divertían haciéndome pasar miedo e interactuaban en sus dominios adolescentes como si yo no estuviese, dejándome ser testigo de aquel mundo. No fui a la guardería, así que los

únicos contactos con el mundo exterior que yo tenía eran ellas y ellas fueron quienes me dieron a conocer los libros, las canciones, las películas, las maldiciones y todo lo merece la pena.

Al principio era mi hermana mayor la que me llevaba al cine. También me llevaba a Galerías Preciados a ver los juguetes y a veces me ponía uno en la mano, me cogía de la otra y nos marchábamos disimuladamente sin pagar, pero esa es otra historia.

En el cine Astoria, cuya pantalla estalló años más tarde durante una proyección de Las Tortugas Ninja –¡ja!–, vi con ella 101 dálmatas, Alicia en el país de las maravillas, Cazafantasmas, ET, Todd y Toby y lo que fuese que programasen para niños en aquella época. Las pelis de dibujos, o las de Disney, que eran prácticamente las únicas, era para los niños y si algún adulto las veía lo hacía bajo la excusa de acompañarlos. A una persona mayor no se le pasaba por la cabeza personarse en el cine a ver una de éstas sin el salvoconducto de llevar un niño de la mano. Apenas recuerdo nada sobre ellas, pero le agradezco mucho a mi hermana que me llevase a verlas, a conocer a la fascinante Cruella De Ville con su pelo bicolor y aquel abrigo maravilloso o al Gato de Cheshire cuya sonrisa veo por todas partes desde entonces.

Luego mi hermana se fue de casa y yo dejé de ir al cine hasta que tuve edad de ir solito. En un par de ocasiones fui con mis padres y mi otra hermana también me llevó varias veces. Con ellos vi Las Brujas de Eastwick, Dick Tracy, Ghost, Tacones lejanos, Masters del Universo, un par de Freddy Krueger o El Barón Munchausen.

Por esa época el estreno anual de Disney había perdido bastante protagonismo, no sé si general o sólo en lo que a mí respecta; desde luego mi percepción adolescente era que Disney seguía vivo en algún hospital olvidado, en estado comatoso conectado a unas máquinas que lo mantenían vivo, y que cada navidad defecaba una cagadita en forma de estreno. Pero en algún momento a finales de los 80 o principios de los 90 abrió los ojos.

Supongo que los primeros síntomas de resurrección fueron Fievel o La sirenita, y con el subidón de La Bella y la Bestia, Aladdin o El Rey León el milagro fue definitivo.

Para entonces, mi hermana continuaba la labor educativa con sus propias hijas; la mayor metió la pata en la trampa princesas Disney hasta el gaznate y se pasaba el día entero saltando de cama en cama creyéndose Pocahontas o pintando Arieles y Yasminas. Eran unas niñas con las que me llevaba menos años que con mis propias hermanas y que manejaban mucha más pasta y privilegios que yo, que seguía atrapado en la política prosaica y austera de mis padres en la cual todo lo que no se pudiera comer era un lujo innecesario. Tanta película, decía mi padre, te van a dar de comer a ti las películas… En una ocasión pedí permiso para ir a ver La última cruzada con un amigo y el Mixto me lo negó; debía de estar encabronado porque iba con él a currar en el campo de mala gana. Yo era tan gilipollas que me quedé sin verla, cuando podía haber ido tranquilamente sin que nadie se enterase. Poco después, fui con mi hermana menor y me quité la espinita. Entonces no me di cuenta, pero ahora estoy seguro de que no fue casualidad, ella debió enterarse y lo planeó todo para resarcirme a mí y desbaratar los mezquinos planes de mi padre. ¡Bravo por ella también!

En otra ocasión se me ocurrió de nuevo pedir permiso para ir a ver Batman con un resultado que me dejó completamente patas arriba.

–¿Puedo ir al cine con el Dani?– pregunté tras acercarme con las cabeza gacha y voz suavona. Odiaba rebajarme a pedirle permiso a mi padre, y cuando me lo negaba me sentía tan humillado e iracundo que perjuraba no volver a hacerlo jamás, pero era débil y siempre volvía a darle la oportunidad de decirme que no.

–¿Qué película vas a ver? – dijo. La pregunta era tan insólita que hizo saltar todas las alarmas.

Batman– respondí

–Ésa voy a ir yo a verla contigo– respondió el Mixto dejándome asombrado.

Lo cierto es que no me hizo ni puta gracia, pero allá que fuimos el día del espectador, a Multicines Centro, donde las butacas no eran numeradas y conseguir un buen sitio requería una odisea de colas, empujones y esperas. Como es natural, me cortó el rollo, pero cualquiera le decía que si venía él ya no quería ir yo.

Después perdí todo interés por las películas infantiles e incluso adolescentes y huía de las pelis de género como de la peste. Tampoco tenía un puto duro, así que las pocas veces que podía ir al cine prefería ver Drácula o Las amistades peligrosas y sacrificar las de Disney, que aunque no lo reconociese, me despertaban cierta curiosidad porque las había visto todo el mundo.

A esas alturas, ya se había desatado el irritante fenómeno por el cual pasó a estar bien visto que un adulto fuese al cine a ver pelis de dibujitos y todo el mundo lo hacía y lo contaba después sin miedo a que nadie pensase que tenía delante un pedazo de julai. Y de repente te encontrabas en una situación absurda en la que un padre de familia con bigote comentaba cuán cachondo era el genio de Aladdin o el macho alfa de la facultad explicaba a sus acólitos por qué El Rey León es mejor que La Sirenita, o el recto profesor de física y química te soltaba un hakuna matata y se quedaba tan ancho. Y tú te morías de ganas de transformarte en la siguiente imagen:



Eran esos años en que llegado el mes de diciembre, los cines se veían asaltados por hordas de padres energúmenos, hienas corrupias dispuestas a desbaratar a quien se ponga por delante para embutir a sus engendros en la sala antes que los demás. Así que, tratando de aprovechar esta epidemia gilipollas, los señores de Disney tuvieron una idea diabólica: reestrenar Fantasía. Para el que no lo sepa, se trata de una película sin argumento en el que se suceden distintas secuencias de animación lisérgica a ritmo de música clásica. Unos hipopótamos con tutú bailando por aquí, un Mickey telekinésico por allá… Un tostón de hora y media, en definitiva. Si querían amortizar aquel coñazo de una vez por todas, era el momento justo. No sé si la desalmada artimaña produjo pingües beneficios, pero al menos en mi familia hubo damnificados. Debería haber una asociación de víctimas de Fantasía que sucedieran a las del aceite de colza.

Era el momento más crítico de la adicción de mi sobrina, que revoloteaba a merced de estos maquiavelos del espectáculo como travesti en corsetería. Así que un festivo como otro cualquiera después de comer, mi hermana decidió llevar a las niñas al cine. Yo me apunté a la excursión como solía hacer siempre, pues gracias a ese maravilloso invento llamado multicines, mientras ellas mamaban Disney, yo tenía la oportunidad de ver otra cosa en la sala de al lado y además de gorra. Mi otra hermana también se apuntó a la expedición, y no fue la única. Aquel día, fenomenalmente, mi pobre madre, que había ido al cine cinco veces en toda su existencia, decidió acompañarnos. Mi madre veía películas por televisión, las disfrutaba mucho y te las hacía disfrutar mucho si la acompañabas gracias a su costumbre –que yo he heredado aunque en menor grado –de hablar con la tele; insultaba a los malvados con pasión e ingenio, avisaba a los inocentes cuando el mal acechaba, se sobresaltaba con los sustos, lloraba discretamente o reía como pirata cuando era necesario. Pero madre no iba al cine, porque no estaba al tanto ni le importaba quién era quién, para ella Carradine era Kung-Fu y Jane Wyman Ángela Chaning, le llegaba con lo que daban por televisión y veía de todo. Pero aquel día fue distinto.

Una vez en el cine, yo decidí ejecutar mi plan habitual y cambié Fantasía por –creo recordar– Pretty woman. Y ahí fue cuando los demonios, los hados, los íncubos, los espíritus, los gremlins, los gitanos, los vikingos, las gorgonas y mis hermanas se confabularon para, en aprovechando que venía mi madre, endiñarle a las niñas y meterse a ver un pestiño del botarate de Harrison Ford; Falso culpable o Presunto inocente o whatever.

Cuando acabó Pretty Woman, que estimé entonces divertida, bajé a la cafetería del cine y me encontré con mis hermanas tomando un aperitivo. Me uní a ellas en espera de las niñas y su abuela para poder irnos a casa.

La película debe ser larga, porque creo recordar que esperamos un buen rato. Nos amenizó la espera un señor gruñón que me apartó de un empujón de donde estaba ladrando un azconiano “quita niño” para dirigirse a un rincón sin salida al final de la barra. Yo me pregunté dónde iría, si en esa dirección no había más que la pared de cristal que separaba la cafetería del hall del cine cuan… ¡ZAS! El señor estrelló sus dientes contra el cristal unos 20 centímetros más abajo de la pegatina roja que alguien había colocado para evitar episodios como aquel. El golpe fue fuerte, el estruendo hizo girar el cuello a todos los presentes y el señor se marchó blasfemando y tentando el cristal aún cimbreante. Yo lloré de risa un rato y entonces empezaron a salir del cine borbotones de niños somnolientos y adultos irritados.

Las niñas bajaban mudas, parpadeando como mochuelos, y Madre, con una expresión de fastidio inédita, dijo: “Vaya película bonica que nos habéis traído a ver, ¿eh?”. Tal cual nos relató, hilvanando detalles, ordenando anécdotas y rellenando los huecos, podemos figurarnos la siguiente escena en la sala de cine.

Los niños se revuelven inquietos en sus butacas, abren sus bolsas de chucherías mientras los adultos que los acompañan tratan de reunirlos y barajarlos. Aún no existen esos cachivaches para elevarles el asiento, se encaraman por los respaldos, juegan con el cojín abatible, dan patadas al de delante… en fin, las calamidades típicas que generan los niños en los lugares públicos. Se apagan las luces, se proyecta el anuncio de Pascual, el tráiler de El Jorobado de Notre Damme arranca esas primeras risas artificiales colectivas infantiles, sale la cortinilla de Movierecord y cuando aparece el logo de Disney las fieras están ya apaciguadas, boquiabiertas, babeantes, petrificadas, inmóviles, expectantes e hipnotizadas. Títulos de crédito, unas cuantas manifestaciones de entusiasmo discretas. La película comienza con un director y una orquesta de sombras, no hay bella moza que sueñe en voz alta con un chico guapo y rico que la robe mientras baila, asea su humilde hogar y hace carantoñas a su anciano padre. En su lugar, unos arcos de violín atraviesan las nubes al ritmo de la música. Esto, aunque no tenga como resultado manifestaciones apreciables, ya despierta a buen seguro los primeros indicios de impaciencia en el auditorio. El número empieza a prolongarse escamando al personal como cuando Haneke te alarga un plano más de la cuenta. Sin duda hasta los niños más pequeñitos han aprendido lo suficiente sobre lenguaje cinematográfico como para saber que hay que estar alerta, porque va pasar algo de un momento a otro, pero… Transcurren los minutos y no hay rastro de narración ni asomo de seres vivos en pantalla. La tensión se va aflojando y los cientos de pares de ojos como platos empiezan a parpadear a mayor frecuencia. Hacen acto de aparición las primeras patadas al asiento de delante y el tamborileo es cada vez más espeso hasta convertirse en un rezongo constante, como el plop de las palomitas de microondas.

Llevamos ya 10 minutos viendo toda clase de fenómenos tormentosos musicales cuando surge la primera voz. Odio, me repugna cuando en los cuentos y las pelis malas es el más tonto o inocente quien resulta ser el más sabio desenmascarando al farsante, pero en este caso es que fue así. Una vocecita enternecedora se alzó para preguntar: “Papi, ¿en esta película no hablan?”.

A esta manifestación siguieron otras de diversa naturaleza. Los menos pacientes pasaron de la pantalla y buscaron otras maneras de entretenerse en silencio. Se dejaron oír unas cuantas voces aisladas más hablando acerca de cualquier cosa, cada vez más frecuentes, también como las palomitas de microondas.

De pronto, la comunidad de espectadores reaccionó como un único ser, funcionando como un gran rey rata, ante un estímulo a penas apreciable. Pasado un cuarto de hora, el guirigay de cúmulos, estratos y notas musicales adoptaba esa textura agónica que adquiere una pieza cuando, sin que sepamos cómo, nos dice que se termina. Los niños y los tutores detuvieron el parpadeo, el bostezo, el estirón y hasta el ronquido para volver a alinearse ojipláticos con la pantalla cargaditos de esperanza. Termina el primer acto de la peli y el rey rata, la masa, el grupo, la mente colmena, todos ellos comprenden a una que no se trataba más que de un prologo musical, un principiar largo y cansino, y que ahora es cuando empieza la película. Como diría mi pobre madre… ¡anjalicos!

En esta ocasión no tardaron tanto en desesperar. A los 90 segundos de ver a unas hadas revolotear por el bosque bailando con unos champiñones a ritmo del Cascanueces hasta el más tonto estaba ya desengañado y cada uno había vuelto a lo suyo.

Cada voz, cada atrevimiento iba un poco más lejos, y poco después la sala de cine parecía el patio de un colegio. Unos niños jugaban al pilla pilla, otros encaramados en el respaldo del asiento hacían cucamonas a los de atrás, los había que robaban chucherías a los de al lado y los había que lloraban como magdalenas. Los adultos no pudieron evitarlo y comenzaron también a manifestarse en voz alta. Comenzó de la misma manera, un señor dijo a viva voz mientras bostezaba: “¡Hay que ver!”. Y de nuevo como palomitas de microondas surgió la siguiente conversación espontánea entre voces que aparecían cual bocadillo en tebeo desde cualquier parte del patio de butacas.

-¡Vaya película!

-Dale los chicles a tu hermana.

-¡Desde luego… esto es un timo!

-¿Es que en esta película no pasa nada?

-¡Qué sinvergüenzas!

-Niños, coged los abrigos que nos vamos.

Mi madre vio una oportunidad para acabar con el tormento y al ver a las niñas aburridas como monas trató de aprovechar la confusión y les preguntó si querían irse. Llevaban media hora de película y era evidente que habían metido la pata, pero las niñas se negaban a aceptarlo y decidieron aguantar un poco más. En cualquier caso, no podían irse a casa sin esperar a que terminasen Pretty Woman y Presunto Inocente, de manera que tocaba cargarse de paciencia y esperar. Tras una eternidad, un picnic de centauros, una noche en la que las sombras toman la ciudad y un aprendiz de mago casi hace que aquello parezca una película normal, la condena se terminó y la audiencia suspiró aliviada, experimentando ese alivio refrescante que acompaña a las palabras del cura cuando al final de la misa decía podéis ir en paz. Aquel bucle diabólico de música y fantoches parecía encerrar un hechizo que los hizo creerse presas de un martirio perpetuo; cuando vieron el cartón que decía “The End” no podían creerlo. Salieron todos de la sala más ordenadamente de lo habitual, pues el aburrimiento los había dejado exhaustos y bien merecía la pena saborear el reencuentro con el aire fresco y recibir la luz del sol en la cara como cautivo que escapó de la mazmorra.

Después de aquello, sólo una vez más se atrevió mi pobre madre a volver al cine. Y no crean que no lo lamentó. Nos fuimos toda la familia al cine de verano de los Vergeles a ver aquella película en que los supervivientes de un accidente aéreo se comen a los muertos. Ella se apuntó al grupo y antes de partir se dejó cociendo en el fuego unas habichuelas y unos huevos. Cuando volvimos, ya desde el portal se percibía un hedor extraño que se hizo más intenso conforme nos acercábamos al piso. Al abrir la puerta ya no cabía ninguna duda: el olor procedía de nuestra casa. Justo en el momento en que llegamos a la cocina se produjo la combustión; de haber escogido una película cinco minutos más larga habríamos dejado sin hogar a todos los vecinos y, lo que es peor, a nosotros mismos. Si ya lo decía mi padre, que tanta película y tanta pamplina no iban a traer nada bueno.

2 comentarios:

Raquel dijo...

Adoro las historias relacionadas con proyecciones en cines, y más si tienen que ver con ese momento en el que los padres no sabían que por ser de dibujos y/o de Disney, la película no tenía que ser forzosamente para niños. Algo que podría pensarse que con la Interné ya no pasa, pero a juzgar por los niños pequeñicos que salen llorando de Coraline, sigue ocurriendo.

Copito dijo...

No tengo muy claras las diferencias entre Fantasía, el re-estreno de Fantasía y Fantasía 2000, pero fui a ver la última cuando tenía 15 años y no me pareció mala...
Aunque tampoco necesito que una película tenga argumento ninguno para que me guste...

Por cierto, gracias por hablar de vez en cuando sobre Haneke. Por este blog recordé que La Cinta Blanca existe, la vi y la disfruté muchisimo.