miércoles, febrero 10, 2010

Historia Moña

1993c.
Iba yo al instituto y tenía unos 15 o 16 años. María Isabel Castilla, profesora de literatura organizó para todos los grupos de 2º de BUP una visita a la casa museo de García Lorca en Fuente Vaqueros.
En el instituto se rumoreaba con cierta cautela que La Castilla era lesbiana y vivía amancebada con una de las profesoras sustitutas. Lo cierto es que La Castilla, una de las profesoras de las que mejor recuerdo guardo, tenía aspecto de ser un bollo como el sombrero de un picador, pero resulta curiosísimo recordar cómo por aquellos tiempos, este tipo de rumores se mantenían siempre en cuarentena y discurrían discretos en relativo segundo plano, al amparo de un inusual beneficio de la duda.
Me viene a la cabeza la imagen de una compañera, la típica chica madura, alta y precoz que se lleva con los profesores, comentando con una normalidad del todo artificial que La Castilla vivía con la otra. Que se sabía de buena tinta, aunque no decía por qué o por quién, y que ello era absolutamente normal y no tenía por qué llamar la atención a nadie.
Los homosexuales eran seres mitológicos que vivían entre nosotros pero que sólo unos pocos habían visto, algo más propio del extranjero y la farándula, y cuando se presentaba un caso cercano se trataba con escepticismo. Negábamos las evidencias, tomando la pluma por la consecuencia de un contacto excesivo con el género femenino en la tierna infancia o por una mala pasada de la naturaleza que en absoluto emparentaba con la sexualidad, considerando la soltería sospechosa como un caso de carácter especial, voluntad propia o sencilla mala suerte.
Incluso los que éramos homosexuales en aquella balsa de ingenua cautela social nos considerábamos a salvo de ser descubiertos siempre que guardásemos ciertas precauciones. Evidentemente, había casos más difíciles de ocultar que otros, pero creo que el que más y el que menos pensamos entonces y seguimos pensando que aún somos capaces de ampararnos tras la duda. Una cosa está clara, este pueblo lorquiano podría andarse con pies de plomo al atravesar terrenos cenagosos, pero que se empeñasen en sostener la duda no significa que no tuvieran la sospecha. En España siempre ha sido muy sabroso y divertido cuestionar la sexualidad del prójimo y lo que vengo a decir es sencillamente, que con tanta facilidad se lanzaba la acusación, como con escepticismo se aceptaba la sentencia.
Este escepticismo no nacía de la ingenuidad sino que era síntoma de un provincianismo y una falta de cultura atroz; sencillamente los homosexuales vivíamos en clandestinidad como los gnomos y al no estar acostumbrados a vernos y verlos entre nosotros, desconocíamos la realidad: somos legión. No éramos capaces de distinguir las señales –mucho más escasas y disimuladas que ahora–, nuestro gaydar estaba realmente entumecido y desentrenado, sin desembalar. A día de hoy cualquiera ve claro que George Michael era un pedazo de maricón –como diría la Veneno, con acento en la o–, mientras que en aquellos no tan remotos días hasta el más listillo pensó que esa barba, esas arandelas y esos vaqueros cortados eran propios de un artista bien machote y de un país más moderno. Y se decía porque no había nada que perder, pero lo cierto es que no teníamos ni puta idea de que acertábamos de lleno.
La Maripaz, una chica gorda y fea con mucho desparpajo a la que conocía todo el instituto, ganaba todos los años el concurso de sevillanas de la fiesta anual del centro. Su pareja de baile era conocido como Amapolo. Amapolo bailaba las sevillanas con la furia y la autoridad de una princesa nazarí, derrochaba una feminidad como de vicetiple del Folies Bergère y cuando uno escuchaba un gritito agudo por los pasillos, se giraba y se lo encontraba partiéndose de risa con las niñas, dando palmitas, saltitos y tapándose la boca con los dedos estirados de una mano mientras ponía la otra en la cadera. También tenía novia, y cuando algún inocente preguntaba si era maricón, venía algún papafrita a decir que de eso nada, alegando lo de su relación con una muchacha. Incluso en este flagrante caso había quien otorgaba el beneficio de la duda.
Parece claro que la Maripaz tenía más mundo que el resto; en la Casa Museo de Fuente Vaqueros, se dio el gusto de interrumpir al guía para hacerle una pregunta.
-¿Es verdad que Federico era mariquita?- dijo de brazos cruzados con su chándal blanco y rosa, sus brazos cruzados y verdadera espontaneidad.
El episodio captó la atención de todos. Como si Maripaz hubiese hecho algo malo, como si hubiese cometido una afrenta contra aquella casa y contra el orden natural de las cosas, todos quedamos suspendidos del momento, incapaces de anticipar la respuesta de aquel señor tan sofisticado.
-Sí, Federico era homosexual- matizó el señor de exótico acento para después retomar su discurso por donde lo había dejado.
Claro, ¿qué esperábamos? ¿Que lo negase? ¿Que pidiese respeto para Federico y su familia? ¿Que montase en cólera y le preguntase si era cierto que ella se la había machacado a medio instituto? El sofisticado señor miembro de la Fundación García Lorca, que por supuesto, ahora no nos cabe duda, también era mariquita, respondió con absoluta naturalidad, si bien quedó claro que la palabra mariquita no era de su agrado. Terminó la visita y salimos todos tan satisfechos, sintiéndonos como adultos audaces en un mundo civilizado en el que existían maricas que no vivían escondidos y se podía hablar de ello en clase sin que nadie se sintiese incómodo. Eso sí, para hablar de nosotros mismos no estábamos preparados.
Pasados tres años, ya deambulaba yo por la rala noche gay granadina, compuesta por un caldo de lesbianas mayores de treinta organizadas en grupos en el que nadaban tropezones aislados como jovenzuelos, parejas y algún cazador solitario. Un ambiente cómodo y familiar en el que no era frecuente encontrar muchas caras nuevas. Eran esos días felices en los que uno entraba en un bar lleno de hombres que deseaban a otros hombres y se sentía como los huerfanitos desmayados que se encuentran la casita de chocolate. El ambiente era un santuario acogedor y manejable en el que reíamos, bailábamos, alternábamos, bebíamos, fumábamos y retozábamos como si no hubiera un mañana. Pero lo había, y nos presentábamos cansados y satisfechos en la facultad, con voz cazallera y mirada de recién follados que nos convertían en seres misteriosos y voluptuosos a ojos de nuestros pobres compañeros, que no experimentaban liberación de ninguna clase y se preguntaban qué bicho nos habría picado y cómo se las maravillarían ellos. Y aunque cada vez nos molestábamos menos en disimular, tampoco es que irrumpiésemos en la cafetería de la facultad con un “me acabo de apretar un rabo como un bote de laca” o un “yo es que me como un coño como el que se come un Ferrero Roché”.
Entonces Boris Izaguirre se hizo un habitual en nuestras vidas, mariconeando a los cuatro vientos como las solteronas locas de las coplas –aprovechando que estaban locas se permitían el lujo de decir verdades como demonios–, en Crónicas Marcianas, programa que transformó el país; no sólo es que cuando se terminó España volvió a acostarse temprano de lunes a jueves, sino que, estoy convencido, hizo más por la normalización y la visibilidad del gay que todo lo demás. Lo digo aquí y donde haga falta; Izaguirre es el principal responsable de esta salida del armario explosiva que nos azota. Una vez hecho el trabajo quisieron subirse al carro otros homosexuales tan orgullosos ahora como acojonados antes. ¿Es que nadie se acuerda de las escenitas y montajes de Jesús Vázquez? Pero lo cierto es que yo, que soy homófobo por culpa de elementos como Vázquez que mendigan la aceptación doblegándose a las peticiones de la sociedad con resultado patético e incluso grotesco, aplaudo a Izaguirre por su coherencia, su valentía y su autenticidad.
La tele toda le siguió la corriente, ver gays en El Diario de Patricia o incluso presentando el parte era cada vez más habitual hasta que hemos llegado a esta situación loca en la que nos encontramos, habiendo cadenas que no cuentan en su plantilla con un solo tertuliano, presentador o colaborador heterosexual. Un bien día, sucedió incluso que haciendo zapping, me topé con el vecino viejuno que se parecía a Devon de El coche fantástico, acompañado de la desagradable Isabel Gemio, que le dio la sorpresita de presentarle a su diosa Bibi Ándersen, la cual le plantó dos besazos y le regaló una Bibi Andersen tamaño natural troquelada en cartón. El pobre infeliz, cuya faz dominada por el terror demostraba que no era capaz de eliminar el escarnio de su mente y disfrutar de la sorpresa, no acertó más que a balbucear "¿y cómo me llevo yo ahora esto en el tren?" mientras sus pérfidas amigas, artífices de semejante encerrona, se descojonaban desde la grada. El pobre desgraciado tuvo que soportar que cada vez que nos lo encontrábamos en un bar gay, girásemos los brazos rápidamente haciendo la coreografía de Sorpresa, sorpresa.
Por supuesto, Izaguirre tuvo un cómplice tan responsable, insurrecto y libre como él: la tarifa plana de internet. Ésta fue la chispa que hizo estallar el polvorín y las plumas llegaron de Algeciras a Pontevedra. Internet hace que uno salga del armario como sin darse cuenta, lo cual explica que los gays anden por ahí trotando como cabritillas desde los doce años.
La sobredosis es tal que ya no hay dios que pase por heterosexual. Al traste con aquella ingenuidad y con todo rastro del beneficio de la duda. Ya no se distingue un maricón de la soldadesca ultraderechista. No te puedes fiar de símbolos antaño tan machos y sólidos como el tricornio, el balón o el bigote, todos profanados por las hordas homo. Si uno ve dos hombres por la calle, piensa automáticamente que son gays aunque lleven la bandera de la gaviota. No sé si vamos por buen camino en este sindiós al revés. ¿Cómo era aquéllo de cuando el lobo duerma con el cordero?
A ver si la explosión marica remite y se estabiliza en conveniente progresión sinuosidad, porque como esto siga en aumento asistiremos a la Guerra Mundial G.

3 comentarios:

W dijo...

Probando

Anónimo dijo...

Probando

Vargtimen dijo...

Impagable el post. Esta explosión gay en la que vivimos es de lo más cansina. Ya no se respeta la sospecha ni la ambigüedad de antaño. Llegará un día en que nos quedemos sin temas de conversación cuando todo sea tan evidente que ya no podamos dudar de la sexualidad de conocidos, vecinos y especialmente de la de nuestros compañeros de trabajo.
Y sí, George Michael era muy maricón. Y el video de "Club Tropicana" toda una declaración de intenciones.