Un potaje viscoso bulle a fuego lento en el subsuelo de la ciudad. Están tramando algo, está claro, ¿pero quién? ¿De qué se trata? Me encuentro en el papel de Basilio Beltrán, cuando el fantasma del ultrajado profesor Robinsón de Mantua se le apareció para encargarle un trabajo a vida o muerte y lo puso al corriente de la existencia de un maligno contubernio forjado por un ejército de jorobados ocultos en una ciudad subterránea bajo el corazón de Madrid*. ¡Menuda papeleta!
No sé muy bien cuándo empezó, pues seguramente las primeras señales pasaron desapercibidas. Cuántas estampas insólitas cargadas de significado perdidas para siempre. No volverá a suceder, pues las últimas pistas y avistamientos me han abierto los ojos como gato en pajarería, vigilo sin descanso y los dedos se me antojan huéspedes.
Haciendo memoria consigo reunir una serie de encuentros en apariencia inconexos. Los episodios osunos y la organizada amabilidad de los camareros. Los suicidas, los mendigos, los chinos peinados como Laura Valenzuela… Y después está todo ese asunto de los sacerdotes. Pero mejor es ocuparse de ellos ordenadamente.
Qué candidez la mía, que cuando al ver cinco osos entrar joviales como los siete enanitos en mi antiguo piso de la Calle del Toro, a diez zancadas de donde Basilio Beltrán se citaba con uno de los jorobados**, no se me parasen los pulsos y no tuviera otra ocurrencia que hacer una greguería en lugar de una investigación. Y, oye, ¿pues no me parece ahora –aunque, claro, no lo puedo afirmar– que son los mismos que aquella tarde de marzo se daban la paz en plena misa de campaña en la Plaza de Oriente bajo la castellana mirada de los reyes godos y las señoras católicas? Y eran osos osos, recios y lustrosos, no como esta nueva especie de maricas calvas, barbudas, magras y usurpadoras.
El pueblo sin techo y los mendigos en general siempre habían llamado mi atención considerablemente y tenerlos catalogados me resulta un buen entretenimiento; empiezo a comprender que están en el ajo, que lo saben todo. Pasaré por alto al mendigo que se lee la Esquire en Gran Vía, al de los perros y el pelo frito del McDonnalds, al gordo que hace de Spiderman con un pijama sucio, al señor de tez oscura al que obedecen las palomas en la Plaza Mayor, al lisiado sin brazos ni nariz que pide en Preciados con un mini en la boca y luego se lo gasta en el salón de juego de al lado o a la tuna iberoamericana para concentrarme en los dos casos que me inquietan realmente.
Caso primero es la Hello Kitty que reparte globitos en las inmediaciones de la Calle de Postas; los niños giran el pescuezo 180 grados para mirarla y la gata los llama con un gesto, animándolos a desprenderse de la mano de sus padres y a correr a su encuentro sin que la policía intervenga ni haya testigo que se alarme.
La pareja homeless que permanece en un tranco por los alrededores de la Plaza de San Miguel puede resultar aterradora y fascinante a partes iguales. Ambos carecen de nariz, lucen en su lugar un apéndice atrofiado con sus dos enormes agujeros y que, a pesar de carecer de dimensiones, es chata. Se pasan el día sentados en un tranco, dormitando, y de vez en cuando alguno se despierta tras un espasmo. Cuando están despiertos, él introduce por completo unos dedos grotescamente gruesos en los orificios que acabo de describir, ella pestañea tan firme y lentamente que parece regirse por otras leyes físicas. Si alguna vez coinciden despiertos se insultan y regañan con auténtica violencia, pero nunca pasa nada porque vuelven a dormirse antes de que el segundero dé la vuelta. A saber a qué universo de los posibles se retiran al cerrar los ojos. A veces pienso que son matrimonio y otras que son hermanos, dado su tremendo parecido físico; últimamente creo que son ambas cosas –y quiero advertirles para que vigilen a su alrededor y se pasmen de la cantidad de matrimonios con asombroso parecido físico deambulan por las calles–. Me imagino que estos dos andaban buscando cobijo una noche tormentosa; que vieron algo que nunca debieron haber visto, y que alguien se encargó de abrir sus cráneos y hurgar dentro hasta reducirlos a los dos trozos de carne viva con algún vestigio de humanidad que son hoy día.
Hace unos meses, Muslitos me llama la atención sobre el curioso hecho de que el camarero mulato del bar de la esquina me salude sonriente siempre al pasar. Curioso es, sin duda, teniendo en cuenta de que ahí no coincido con Basilio, pues no pongo un pie en un bar desde la remota última ocasión en que entré a comprar tabaco. Muslitos abandona sus motivaciones celosillas y se contagia de mi manía conspiratoria cuando le comunico que el camarero enjuto de avanzada edad y pelo tieso del bar castizo de la Calle del Nuncio también me saluda y a veces hasta me habla del tiempo. Queda claro que los camareros saben algo también, pero como no sabemos de qué lado están, yo paso por delante de los bares acelerando el paso y mirando al suelo. Es inútil, nada escapa a la vigilancia de estas esfinges con bandeja; ellos me saludan amablemente, yo les respondo forzando una sonrisa y después corro hasta casa, donde tomo conciencia del tormentoso horizonte: saben dónde vivo.
La Calle del Nuncio en particular, es un lugar que me llena de inquietud y que ustedes harían bien en evitar. Aparte del par de edificios en los que se entra, sale, carga y descarga con sospechosísima actitud y cadencia, tenemos ese lugar con extraños escudos y motivos masónicos o vaticanos. Ahí dentro pasa algo. He visto gente extraña utilizar la puerta de atrás. Concretamente señores con aspecto de dulce padre de familia estructurada acompañando a muchachos serios, torpes y viriles como recién sacados de la academia militar. He visto señores disfrazados de sacerdotes fumando como funcionarias junto a la entrada principal. Y digo disfrazados porque se trataba de tres señores altos, atléticos pero no vigoréxicos, corte de pelo y cutis perfecto y sin embargo machos, de voces profundas y limpias, de esos tan bellos que ni siquiera te excitan sexualmente porque son de una especie cuyos caminos jamás se cruza con el nuestro. Las ocasiones en las que uno de estos especímenes se deja ver vienen a ser semejantes al número de veces en que vemos una limusina circular por la vía pública, de manera que ver tres juntos y con alzacuellos supuso tal sorpresa que hasta me detuve a mirarlos boquiabierto sin soltar las bolsas de la compra. Ellos reaccionaron como lo harían ante una paloma que se posa a tres metros y picotea el suelo.
El clero está atareadísimo últimamente. Algo se traen entre manos, y yo me los cruzo sin parar por todas partes. Supongo que no soy el único. Monjas vestidas de paisano en alborotados grupos de a ocho con ese horripilante y arrogante corte de pelo que sustituye al tocado, señores con bolsas de Leroy Merlin sentados en el metro que abren el monedero para dar limosna y le colocan al pobre estupefacto una estampa en la mano en lugar de una moneda y entonces uno pega la oreja y descubre que son sacerdotes… Alguien me dijo que cuando te cruzas a un clérigo debes sin falta llevarte la mano a los testículos para espantar lo oscuro que se nos pueda haber quedado adherido en las ropas.
Aprovechan la noche para llevar a cabo sus desplazamientos y recados, como fugitivos, vampiros o superhéroes. Antes del amanecer, van y vienen con el trajín de una colonia de hormigas en la que irrumpe un humano curioso por el cruce de Bailén con Mayor donde se encuentran tan sólo con los suicidas del viaducto. Achaqué el aumento de tráfico a la presencia de un nido en las inmediaciones de la Catedral, pero esta misma semana se han decidido a mostrarse al descubierto.
Resulta que andaba yo distraído con mis recientes encuentros con Juan el Golosina en la piscina a distintas horas del día, sin reparar en el anciano que vive en la sauna, donde he acudido en tres o cuatro ocasiones después de nadar. Se trata de un señor que siempre está cuando llego y siempre se queda cuando me voy, sea mañana o tarde, que no parece prestar atención a sus sentidos.
Pues bien, y siéntense antes de continuar, el pasado viernes sin ir más lejos, en plena noche avanzaba yo por Bailén completamente desierta cuando de repentina figura con una capa negra a merced del vendaval caminaba a mi encuentro en sentido contrario. El corazón se me aceleró, el tiempo se dilató y sonó una melodía épica y dramática de Sergio Leone. Avanzamos el uno hacia el otro por la calle mientras se cerraban los postigos de las ventanas. Cuando estuvimos tan sólo a unos metros me di cuenta de que no se trataba de una capa, ¡sino de una sotana! Algunos pasos más tarde reconocí el rostro del anciano de la sauna.
Toda la sangre del cuerpo se me subió a la cabeza y las piernas me temblaron mientras pensaba en el significado de aquel movimiento. ¿Qué es lo que quieren de mí? ¿Me están avisando de algo? ¿Se trata de una desafío? ¿Por qué yo?
Nos cruzamos sin mirarnos y me obligué a continuar sin acelerar el paso ni volver la cabeza. Absorto por el miedo y la incertidumbre se me olvidó tocarme los huevos y pasó lo que tenía que pasar: perdí el autobús.
* Un crimen inverosímil y La torre de los siete jorobados. Emilio Carrere. Valdemar.
** La torre de los siete jorobados. Edgar Neville. 1944.
1 comentarios:
Finalmente llegó ese día que todos sabíamos que llegaría. El día que pierdes la razón y las conspiraciones de curas, camareros y mendigos del "Cásate con tu Hermana" se revelan a tu alrededor. Pero todo tiene una explicación lógica, amigo Weldon:
Los tipos fornidos, sexys y con sotana, eran en realidad actores de alguna peli porno. No cabe otra explicación.
Los chinos con el pelo a lo Laura Valenzuela (jojó, qué bueno eso) han tomado también Barcelona y allá a donde mires, Oriente y Occidente, ellos son la moda del mañana y nosotros la de ayer.
Y las hordas de maricas calvas, magras y barbudas fabricadas en serie, que pasean por el centro de las ciudades, todas iguales entre sí, como los ejércitos del ataque de los clones... sólo serán irritantes durante un par de años más a lo sumo. Después tendrán que adaptarse a la siguiente moda y recuperar su identidad individual perdida. O eso o tendremos que raparnos nosotros, dejarnos barba y apuntarnos a spinning.
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