Por si acaso me queda algún lector todavía, me dispongo a profundizar en ese desagradable asunto que alguna vez he tocado superficialmente y que forma parte de mi vida desde hace poco más de un año. No es la esclerosis múltiple, ni las disfunciones eréctiles. Se trata del deporte.
Vaya por delante que para mí el deporte no es más que un arma eficaz para combatir esa bestia infame y perniciosa llamada obesidad. Ni placer, ni entretenimiento, ni hostias. El deporte es sufrimiento, vergüenza, pérdida de tiempo y castigo. Pero a veces no queda más remedio que llevar el coche al taller o llamar al doctor para que rocíe el burdel con penicilina.
El caso es que estaba gordo como una cebolla, así que me compré unas alpargatas de correr y me eché a las calles. Tras un año de corretear –coñazo comparable sólo con ir a misa– se me ocurre probar con la piscina.
Nadar ha resultado sorprendentemente entretenido. Cuando uno termina de hacer sus largos, no le importa hacerse otro par; al contrario que corriendo, que desde que sales de casa sólo piensas en el inalcanzable instante en que todo haya terminado. Llevo nadando poco más de un par de semanas y de momento no se aprecian en mi figura cambios considerables, lo cual a ustedes les importará un bledo pero a mí no. El motivo por el que pierdo el tiempo de semejante manera es librarme de estos brazos disfuncionales de ama de casa que me sirven para vestirme y poco más.
Pero dejemos de lado estas menudencias que a nadie interesan y vamos a lo importante: las duchas.
Estoy dispuesto a darles la brasa con un clásico de la adolescencia, una perogrullada que, precisamente por evidente, se echa de menos en el mundo del cine, la literatura y las tertulias. Las duchas y vestuarios como santuario, madriguera y, en general, lugares donde el homosexual es un privilegiado.
Desde los remotos tiempos en que me apuntaron a clases de judo, no había estado en un vestuario masculino, lo cual es, empero, lamentable, considerando lo que yo habría gozado en los años del acné, el bozo y la paja viéndome rodeado de hombres desconocidos merodeando en cueros con sus cositas colgando. Lo cierto es que casi todas las ocasiones en que me he encontrado en presencia de dos o más desconocidos desnudos han resultado considerablemente menos excitantes de lo que habrían supuesto en la adolescencia, que es cuando uno valora realmente el auténtico valor del desnudo ajeno y lo que suele prologar.
Ayer sin ir más lejos estaba yo en las duchas con la cabeza enjabonada cuando abrí un ojo y me vi rodeado de siete lozanos jovenzuelos, prietos como gavillas de trigo, que se duchaban en porretas mientras conversaban vivarachos y joviales. Volví a cerrar el ojo antes de que me entrase jabón y seguí disfrutando de mi ducha pensando satisfecho que no todo lo relacionado con el deporte ha de ser horrible, indigno y aburrido; que me encontraba en el centro de una hermosa escena y que si el deporte es el mcguffin necesario para que existan estos paisajes de carne, estas ensaladas de colas y grupas, que viva el deporte pues.
Cierto es que no todos los desnudos son bellos e incluso algunos pueden resultar desagradables fuera de su contexto. Pero el clima húmedo, cálido y acogedor del vestuario, bajo el cobijo que otorga la complicidad y –como diría el capitán Penderton– la unión sin escrúpulos de una comunidad de hombres viviendo sin intimidad, como un solo cuerpo, le dan a la escena cierta calidad ceremonial, un barniz como de museo, como de performance o belén viviente que lo mismo te deleita con unas nalgas de acero que con la decadencia colgante de un anciano o los miembros chaparros de un down nadador.
Ahora bien, si nos sacudimos el espíritu y nos ceñimos a lo prosaico, estudiando cada cuerpo por separado, la verdad es que le pueden dar morcilla a los ancianos, los downs y todos los feos y cuerpoescombros en general. ¡Que viva la turgencia y la abundancia!
La vocación exhibicionista de cada uno es un espectro que va desde el ser rancio que se ducha con bañador y se mete en el cubículo ratonera para que nadie le vea la cola; pasando por el señor discreto que trata de taparse razonablemente sin tomarse molestias excesivas; el mozuelo que encuentra cierto regusto en la ausencia de pudor y la celebración del desnudo cotidiano y natural con sus amiguetes; hasta el cuarentón depilado, definido y baboso que va por todo el vestuario lenta y majestuosamente ofreciendo su desnudo a quien lo quiera y a quien no sin dejar fichar cada rabo que encuentra a su camino. Creo que lo ideal es ubicarse en la parte central del recorrido y evitar los extremos. No es bueno pecar ni por soberbio, ni por humilde –que las carnes no se gastan y si alguien se regocija viéndote las cachas o comparando los pitos con su pan se lo coma–, ni por baboso. Aunque lo peor de todo es el ambiente familiar; si la presencia de niños resulta irritante, la de niños desnudos es intensamente desagradable.
Yo los primeros días me ponía nervioso de oler tanta carne por doquier y era incapaz de levantar la vista del suelo por si alguien se sentía violado o por si, los Dioses no lo quisieran, a ésta le daba por empalmarse. Y del regomeyo sentía cierto picorcillo, y bajo el chorro de agua me miraba de vez en cuando a ver si todo seguía en reposo. Imagínense que de repente un grito largo y agudo sobresalta a todos los presentes, y uno abre los ojos y ve a un niñito en pelotas horrorizado apuntando con el dedo a mi erección de granito. Entonces yo saldría corriendo, cegado por el jabón, en busca de un lugar en el que guarecerme, y en la huída derribaría al niño accidentalmente de un pollazo en la cara, y la turba enfurecida me perseguiría con intención linchadora hasta atraparme en los urinarios. Y yo me arrastraría asediado hasta un rincón, en chanclas, sin escapatoria; y detendría a la turba, helándole la sangre al gritar desesperado: ¡no soy un animal! ¡no soy un animaaaaaaaal!
Afortunadamente esos días pasaron y ya no temo a la excitación.Voy a lo mío sin cubrirme ni mostrarme excesivamente, me tomo mi tiempo y si veo algo bello lo miro con discreción mientras me pongo los calcetines. Si algún viejito se regocija contemplando mi cuerpo con ojos lúbricos me siento en paz conmigo mismo, como quien acaba de hacer su buena acción del día; y si es alguien de mi edad o más joven, tiendo a pensar que se trata de una falsa impresión o que le recuerdo a alguien.
Cuando salgo camino a casa, me siento estirado, respirado, limpio y en paz; y medito acerca de la cantidad de gente que no se pone calzoncillos al salir de la piscina, y sobre lo chabacano que queda en algunos casos mientras que en otros resulta tan puñeteramente sexy.

3 comentarios:
Casualidades de la vida, o no, hoy he retomado la lectura de su blog. Por lo que parece sus lectores lo hemos dejado abandonado, pero me ha sido grato entrar y ver un relato recien salido del horno y además calentito.
Como usted bien dice, siempre he pensado que de gustarme los hombres, me pasaria mas horas dentro de los vestuarios y las duchas que haciendo deporte. Debe ser una especie de regalo de los dioses tener tan a mano el poder contemplar desnudo el cuerpo de alguien que nos haya gustado estando vestido.
Porque no nos engañemos, el desnudo anonimo no es ni la decima parte de excitante que el otro: ese desnudo por primera vez, de alguien que ha dejado de ser anónimo para ser un rostro conocido, aunque aún no familiar, y a quien hemos podido observar durante un tiempo determinado, el tiempo justo para observarle con ropa, hacernos ideas de las curvas e imaginar.
Hasta que algun dia haya vestuarios mixtos, fuera de los ámbitos meramente nudistas, tendre que soñar con estas posibilidades, mientras intento no chocar en el vestuario al cruzarme con esos cuarentones depilados y exhibicionistas que usted tan acertadamente define y que suelen abundar por mi gimnasio, en el que afortunadamente las duchas son separadas, lo cual me deja entregarme tranquilamente al placer de mear mientras el agua cae por mi cabeza.
Ay, cuánta razón llevas. El deporte es un trámite molesto para sentirte a gusto con tu cuerpo. Yo le he cogido el gusto a lo de comer sano, pero el deporte sigue siendo una obligación más que otra cosa. Correr me parece aburridísimo y apuntarme a un GYM costoso y me da pereza. Prefiero montarme el gimnasio en casa. Además, en los vestuarios me siento un poco violento con tanta gente desnuda y menos dotada que yo. Me parece muy injusto.
Lo suscribo totalmente. Eso sí, no es por joderle la ilusión pero después de meses nadando una hora diaria el único cambio que ha experimentado mi cuerpo ha sido que me están empezando a salir aletas y escamas, lo cual dista mucho de ser un beneficio (creo).
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